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Bosch pensó un momento antes de responder.

– ¿Qué le parece incitación al perjurio y obstrucción a la justicia? Podríamos empezar por ahí y subir a corrupción de un agente público, quizás instigar y facilitar la fuga de un custodiado de la justicia.

– Y también podemos terminar ahí -dijo Swann-. Yo estaba representando a mi cliente. No cometí ninguno de esos delitos y usted no tiene la menor prueba de ello. Si me detiene, lo único que conseguirá será su propia ruina y bochorno. -Se levantó-. Buenas noches a todos.

Bosch se acercó y puso la mano en el hombro de Swann. Lo condujo de nuevo al banco.

– Siéntese de una puta vez. Está detenido. Dejaré que los fiscales decidan sobre el umbral de los delitos. A mí me importa una mierda. Por lo que a mí respecta, dos polis están muertos y mi compañera va a terminar su carrera por su culpa, Maury. Así que a la mierda.

Bosch miró a Pratt, que estaba sentado con una ligera sonrisa en el rostro.

– Es bueno tener a un abogado en la casa, Harry -dijo-. Creo que lo que dice Maury es muy interesante. Quizá deberías pensar en ello antes de hacer ninguna temeridad.

Bosch negó con la cabeza.

– No se va a librar de esto -dijo-. Ni mucho menos.

Esperó un momento, pero Pratt no dijo nada.

– Sé que urdió la trampa -dijo Bosch-. Todo el asunto en Beachwood Canyon fue cosa suya. Fue usted quien hizo el trato con los Garland, y luego acudió a Maury para meter a Waits. Manipuló el expediente después de que Waits le proporcionara un alias. Puede que Maury tenga razón con el rollo las muertes en la comisión de un delito, pero hay más que suficiente para la obstrucción, y si consigo eso, entonces le tengo a usted. Eso quiere decir que no habrá ninguna isla y ninguna pensión, jefe. Eso significa que cae envuelto en llamas.

Los ojos de Pratt bajaron de Bosch a las aguas oscuras de la piscina.

– Yo quiero a los Garland y usted puede dármelos -prosiguió Bosch.

Pratt negó con la cabeza, sin apartar la mirada del agua.

– Entonces en marcha -dijo Bosch-. Vamos.

Hizo una señal a Pratt y Swann para que se levantaran. Ambos obedecieron. Bosch hizo volverse a Swann para poder esposarlo. Al hacerlo, miró a Pratt por encima del hombro del abogado.

– Cuando presentemos cargos, ¿a quién va a llamar para que pague la fianza, a su esposa o a la chica de Entradas y Salidas?

Pratt inmediatamente se sentó como si le hubieran dado un puñetazo. Bosch se lo había guardado como último cartucho. Mantuvo la presión.

– ¿Cuál iba a acompañarle a la isla? ¿A su plantación de azúcar? Mi apuesta es «como se llame».

– Se llama Jessie Templeton. Y te vi vigilándome en su casa esta noche.

– Sí, y yo vi que me veía. Pero dígame, ¿cuánto sabe Jessie Templeton? ¿Y va a ser ella tan fuerte como usted cuando vaya a verla después de acusarle?

– Bosch, ella no sabe nada. Déjela al margen de esto. Y también deje a mi esposa y a los niños al margen.

Bosch negó con la cabeza.

– No funciona así. Lo sabe. Vamos a poner todo patas arriba y a agitarlo para ver qué cae. Voy a encontrar el dinero que le pagaron los Garland y lo relacionaré con usted, con Maury Swann, con todos. Sólo espero que no usara a su amiguita para esconderlo. Porque si lo hizo, ella también caerá.

Pratt se inclinó hacia delante en el banco. Bosch tenía la impresión de que si no hubiera tenido las manos esposadas a la espalda, las habría usado en ese momento para sostenerse la cabeza y ocultar la cara al mundo. Bosch había estado golpeándole como un leñador que asesta hachazos a un árbol. Ahora apenas se mantenía en pie. Bastaba con un pequeño empujón para derribarlo.

Bosch entregó a Swann a Rachel, que lo cogió por uno de los brazos, y se volvió hacia Pratt.

– Alimentó al perro equivocado -dijo Bosch.

– ¿Qué se supone que significa?

– Todo el mundo toma decisiones y usted se equivocó. El problema es que no pagamos nosotros solos por nuestros errores. Arrastramos a gente en la caída.

Bosch caminó hasta el borde de la piscina y miró el agua. Temblaba en la parte superior, pero era impenetrablemente negra por debajo de la superficie. Esperó, pero el árbol no tardó en caer.

– Jessie no ha de ser parte de esto, y mi mujer no ha de saber de ella -dijo Pratt.

Era una oferta abierta. Pratt iba a hablar. Bosch pateó el borde embaldosado de la piscina y se volvió para mirarlo.

– No soy fiscal, pero apuesto a que podremos arreglar algo.

– Pratt, ¡estás cometiendo un gran error! -dijo Swann con urgencia.

Bosch se agachó hacia Pratt y le palpó los bolsillos hasta que encontró las llaves del Commander y las sacó.

– Rachel, lleva al señor Swann al coche del detective Pratt. Será mejor para transportarlo. Ahora iremos.

Le lanzó las llaves y la agente del FBI condujo a Swann hacia la abertura del seto por la que ella había entrado. Tuvo que empujarlo. El abogado miró por encima del hombro al caminar y se dirigió a Pratt.

– No hables con ese hombre -gritó-. ¿Me has oído? ¡No hables con nadie! ¡Nos meterás a todos en prisión!

Swann no paró de gritar su consejo legal a través del seto. Bosch esperó hasta que la puerta del coche se cerró y apagó su voz. Luego se puso de pie delante de Pratt y se fijó en que el sudor goteaba en el rostro de su jefe desde la línea de nacimiento del cabello.

– No quiero que ni Jessie ni mi familia estén involucrados -dijo Pratt-. Y quiero un trato. No quiero ir a prisión, se me permite retirarme y mantener mi pensión.

– Quiere mucho para ser un hombre que ha propiciado la muerte de dos personas.

Bosch empezó a pasear, tratando de buscar una fórmula que funcionara para los dos. Rachel volvió a entrar a través del seto. Bosch la miró y estaba a punto de preguntar por qué había dejado a Swann desatendido.

– Cerraduras a prueba de niños -dijo-. No puede salir.

Bosch asintió con la cabeza y centró su atención de nuevo en Pratt.

– Como he dicho, quiere mucho -dijo-. ¿Qué ofrece a cambio?

– Puedo darte fácilmente a los Garland-dijo Pratt desesperadamente-. Anthony me llevó allí hace dos semanas y me condujo al cadáver de la chica. Y a Maury Swann puedo servírtelo en una bandeja. Ese tipo es tan corrupto como…

No terminó.

– ¿Como usted?

Pratt bajó la mirada y asintió lentamente con la cabeza.

Bosch trató de dejar todo lo demás de lado para poder pensar con claridad en la oferta de Pratt. Éste tenía las manos manchadas con la sangre de Freddy Olivas y del ayudante Doolan. Bosch no sabía si podría venderle el trato a un fiscal. No sabía si podía vendérselo ni siquiera a sí mismo. Sin embargo, en ese momento, deseaba intentarlo si eso significaba llegar finalmente al hombre que había matado a Marie Gesto.

– No hay promesas -dijo-. Iremos a ver a un fiscal.

Bosch pasó a la última pregunta importante.

– ¿Y O'Shea y Olivas?

Pratt negó una vez con la cabeza.

– Están limpios en esto.

– Garland metió al menos veinticinco mil en la campaña de O'Shea. Está documentado.

– Sólo estaba cubriendo las apuestas. Si O'Shea empezaba a sospechar, T. Rex podría mantenerlo a raya porque habría parecido un soborno.

Bosch asintió. Sintió el resquemor de la humillación por lo que había pensado de O'Shea y lo que le había dicho.

– Eso no era lo único en lo que te equivocabas -dijo Pratt.

– Ah, ¿no?, ¿en qué más?

– Dijiste que fui a los Garland con esto. No lo hice. Vinieron ellos, Harry.

Bosch negó con la cabeza. No creía a Pratt por el simple motivo de que si los Garland hubieran tenido la intención de comprar a un poli, su primera opción habría sido la fuente de su problema: Bosch. Eso nunca ocurrió y por eso Bosch estaba convencido de que la trama había sido urdida por Pratt al tratar de hacer malabarismos con su jubilación, un posible divorcio, una amante y los otros secretos que pudiera contener su vida. Había acudido a los Garland con ello. Había acudido también a Maury Swann.