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Bosch volvió a mirar a su escritorio.

– ¿Hasta qué hora trabaja? -preguntó en voz baja.

– Normalmente se queda hasta las cinco. Pero hay un puñado de gente por ahí, mirando la escena en Echo Park.

– Vale, gracias por el consejo. Te veré después.

Bosch colgó antes de que Edgar pudiera decir nada más. Levantó la cabeza y Pratt todavía estaba mirándolo.

– ¿Qué era eso? -preguntó.

– Ah, algo del caso Matarese. El que cerrarnos esta semana. Parece que al final podríamos tener un testigo. Ayudará en el juicio.

Bosch lo dijo con la mayor indiferencia posible. Se levantó y miró a su jefe.

– Pero no se preocupe. Esperaré hasta que vuelva de mi suspensión.

– Bien. Me alegro de oírlo.

32

Bosch caminó hacia Pratt. Se acercó demasiado a él, invadiendo su espacio personal. Su superior retrocedió al interior de su oficina y se colocó tras su escritorio. Eso era lo que quería Bosch. Le dijo adiós y le deseó un buen fin de semana. A continuación se encaminó a la puerta de la sala de brigada.

La unidad de Casos Abiertos tenía tres coches asignados a sus ocho detectives y el supervisor. Los coches funcionaban sobre la base de que el que primero llegaba, primero elegía, y las llaves estaban colgadas en ganchos junto a la puerta de la sala de brigada. El procedimiento para que un detective cogiera un coche era escribir su nombre y el tiempo estimado de devolución en una pizarra colgada debajo de las llaves. Cuando Bosch llegó a la puerta la abrió del todo para bloquear a Pratt la visión de los ganchos con las llaves. Había dos juegos de llaves en los ganchos. Bosch cogió uno y se fue.

Al cabo de unos minutos salió del garaje de detrás del Parker Center y se dirigió hacia el edificio de la compañía de agua y electricidad. La alocada carrera para vaciar el centro de la ciudad sólo estaba empezando y Bosch recorrió las siete manzanas con rapidez. Aparcó ilegalmente delante de la fuente que se hallaba junto a la entrada del edificio y bajó del coche. Miró el reloj al acercarse a la puerta. Eran las cinco menos veinte.

Un vigilante de seguridad uniformado apareció en la puerta, haciéndole señas.

– No puede aparcar…

– Lo sé.

Bosch mostró su placa y señaló la radio que estaba en el cinturón del hombre.

– ¿Puede llamar a Jason Edgar con eso?

– ¿Edgar? Sí. ¿Qué es…?

– Localícelo y dígale que el detective Bosch le está esperando en la puerta. He de verlo lo antes posible. Llámelo ahora, por favor.

Bosch se volvió y se dirigió a su coche. Se metió dentro y pasaron cinco minutos hasta que vio a Jason Edgar saliendo a través de las puertas de cristal. Cuando se metió en el coche abrió la puerta del pasajero para mirar, no para entrar.

– ¿Qué pasa, Harry?

– Recibí su mensaje. Suba.

Edgar entró en el coche con reticencia. Bosch arrancó cuando él estaba cerrando la puerta.

– Espere un momento. ¿Adónde vamos? No puedo irme sin más.

– No deberíamos tardar más que unos minutos.

– ¿Adónde vamos?

– Al Parker Center. Ni siquiera bajaremos del coche.

– Lo he de comunicar.

Edgar sacó una radio del cinturón. Llamó al centro de seguridad de la compañía y dijo que estaría ilocalizable por un asunto policial durante media hora. Recibió un 10-4 y se guardó la radio en el cinturón.

– Tendría que haberme llamado antes -le dijo a Bosch-. Mi primo dijo que tiene la costumbre de actuar primero y preguntar después.

– Dijo eso, ¿eh?

– Sí, lo dijo. ¿Qué vamos a hacer al Parker Center?

– Identificar al poli que habló con usted después de que yo me fuera hoy.

El tráfico ya había empeorado. Había un montón de trabajadores de nueve a cinco que escapaban temprano a su casa de las afueras. Los viernes por la tarde eran particularmente brutales. Bosch finalmente entró de nuevo en el garaje de la policía a las cinco menos diez y rogó que no fuera demasiado tarde. Encontró un lugar para aparcar en la primera fila. El garaje era una estructura al aire libre y el espacio les proporcionaba una perspectiva de San Pedro Street, que discurría entre el Parker Center y el garaje.

– ¿Tiene teléfono móvil? -preguntó Bosch.

– Sí.

Bosch le dio el número general del Parker Center y le dijo que llamara y preguntara por la unidad de Casos Abiertos. Con las llamadas transferidas desde el número principal no funcionaba el identificador de llamadas. El nombre y el número de Edgar no aparecerían en las líneas de Casos Abiertos.

– Sólo quiero ver si contesta alguien -dijo Bosch-. Si alguien lo hace, pregunte por Rick Jackson. Cuando le digan que no está, no deje mensaje. Sólo diga que le llamará al móvil y cuelgue.

La llamada de Edgar fue contestada y éste llevó a cabo las instrucciones que le había dado Bosch. Cuando terminó, miró a Bosch.

– Ha respondido alguien, llamado Pratt.

– Bien. Sigue ahí.

– Entonces, ¿qué significa eso?

– Quería asegurarme de que no se había ido. Saldrá a las cinco y cuando lo haga cruzará esa calle de ahí. Quiero ver si es el tipo que le dijo que estaba controlando mi investigación.

– ¿Es de Asuntos Internos?

– No. Es mi jefe.

Bosch bajó la visera como precaución para que no lo vieran. Habían aparcado a al menos treinta metros del paso de peatones que usaría Pratt para llegar al garaje, pero Bosch no sabía en qué dirección iría éste hasta que estuviera dentro de la estructura. Como supervisor de la brigada tenía derecho a aparcar un coche particular en el garaje de la policía, y la mayoría de los espacios asignados estaban en la segunda planta, a la cual podía accederse por dos escaleras y la rampa. Si Pratt subía por la rampa, pasaría justo junto a la posición de Bosch.

Edgar hizo preguntas sobre el tiroteo de Echo Park, y Bosch respondió con frases cortas. No quería hablar de ello, pero acababa de arrancar al tipo de su trabajo y tenía que responder de algún modo. Sólo trató de ser educado. Finalmente, a las 17:01 vio que Pratt salía por las puertas de atrás del Parker Center y bajaba la rampa situada junto a las puertas de entrada a los calabozos. Salió a San Pedro y se cruzó con un grupo de otros cuatro detectives supervisores que también se dirigían a sus casas.

– Ahora -dijo Bosch, cortando a Edgar en mitad de una pregunta-. ¿Ve a esos tipos que cruzan la calle? ¿Cuál ha ido hoy a la compañía?

Edgar examinó al grupo que cruzaba la calle. Tenía una perspectiva sin obstrucciones de Pratt, que iba caminando junto a otro hombre en la parte de atrás del grupo.

– Sí, el último tipo -dijo Edgar sin dudarlo-. El que se pone las gafas de sol.

Bosch miró. Pratt acababa de ponerse las Ray-Ban. Bosch sintió una punzada de rabia. Mantuvo sus ojos en Pratt y observó cómo se alejaba de su posición una vez que cruzaba la calle. Se estaba dirigiendo a la escalera más lejana.

– ¿Ahora qué? ¿Va a seguirlo?

Bosch recordó que Pratt había dicho que tenía algo que hacer después de trabajar.

– Me gustaría, pero no puedo. He de llevarle de nuevo al trabajo.

– No se preocupe por eso, socio. Puedo caminar. Probablemente con este tráfico es lo más rápido.

Edgar abrió su puerta y se volvió para salir. Volvió a mirar a Bosch.

– No sé qué está pasando, pero buena suerte, Harry. Espero que encuentre lo que está buscando.

– Gracias, Jason. Espero verle otra vez.

Después de que Edgar se marchara, Bosch dio marcha atrás y salió del garaje. Tomó por San Pedro hasta Temple porque supuso que Pratt utilizaría esa ruta de camino a la autovía. Tanto si iba a casa como si no, la autovía era la opción más probable.

Bosch cruzó Temple y aparcó en una zona de estacionamiento prohibido. La posición le daba un buen ángulo sobre la salida del garaje policial.

Al cabo de dos minutos, un todoterreno plateado salió del garaje y se dirigió hacia Temple. Era un Jeep Commander con un diseño cuadrado retro. Bosch identificó a Pratt al volante. Inmediatamente encajó las dimensiones y el color del Commander con el todoterreno misterioso que había visto arrancar desde al lado de su casa la noche anterior.