En primer plano, frente a Fintan, se recortaban los árboles sobre la luz del cielo. La tierra agrietada esperaba la tormenta. Fintan se daba cuenta de que conocía cada árbol de la orilla del río, el gran mango con su follaje en enorme bola, los arbustos espinosos, los grises penachos de las palmeras vencidas por el viento del norte. En las tierras calvas, ante las casas, jugaban los niños.

De repente se precipitó la tormenta sobre el río. La cortina de la lluvia ocultó Onitsha. Las primeras gotas sacudieron el suelo crepitando, levantando nubes de polvo acre, arrancando las hojas de los árboles. A Fintan le arañaron la cara; en un instante quedó empapado.

Abajo reaparecieron los niños que se habían escondido, gritando y corriendo campo a través. Fintan sintió una felicidad desbordante. Imitó a los niños. Se quitó la ropa, y con el calzón por toda vestimenta, echó a correr bajo el azote de la lluvia, con la cara dirigida al cielo. En su vida se había sentido tan libre, tan vivo. Corría. Gritaba: Ozoo! Ozoo! Los niños desnudos, resplandecientes bajo la lluvia, corrían con él. Le respondían: Oso! Oso! ¡Corre! El agua le chorreaba por la boca; los ojos, tan abundante que se ahogaba. Pero qué bien, era magnífico.

La lluvia recorría la tierra, color sangre, arramblando con todo, las hojas y las ramas de los árboles, los detritus, hasta el calzado desperdigado. A través de la cortina que formaban las gotas, Fintan veía el agua del inmenso, rebosante río. Jamás había estado tan cerca de la lluvia, tan poseído por el olor y el ruido de la lluvia, tan lleno del frío viento de la lluvia.

Cuando regresó a Ibusun lo esperaba Maou, de pie en la veranda. Parecía irritada. La expresión de sus ojos era dura, casi malvada, enseñaba una amarga arruga a ambos lados de la boca. «¿Pero qué te pasa?» Maou no respondía. Atrapó a Fintan por el brazo, lo empujó dentro de la casa. Le hacía daño. El no entendía nada. «¿Te has visto la facha?» No le gritaba, pero le hablaba con dureza. Luego se desplomó en una silla, de sopetón. Se apretaba el vientre con las manos. Fintan se dio cuenta de que estaba llorando.

«¿Por qué lloras, Maou, estás enferma?» Fintan tenía el corazón en un puño. Colocó la mano en el vientre de Maou.

«Estoy cansada, cansada. Me gustaría tanto estar lejos y que todo hubiera pasado.»

Fintan rodeó a Maou con sus brazos, la estrechó con fuerza.

«No llores, todo saldrá bien, ya verás. Estaré siempre a tu lado, incluso cuando seas vieja.»

Maou logró sonreír entre sus lágrimas.

En la penumbra de la habitación, Geoffroy tenía los ojos abiertos. El rugido de la tormenta iba en aumento. Los relámpagos iluminaban la habitación vacía.

Esa noche, tras un almuerzo improvisado (una sopa Campbell calentada en el infiernillo de petróleo, una lata de judías rojas, galletas y los últimos pedazos de queso holandés raspados ya al borde de la costra roja) Maou y Fintan se acostaron en la misma cama, para no molestar a Geoffroy. El fragor del trueno los mantuvo despiertos casi hasta el alba. El V 8 verde no tardaría en llegar. El chófer del señor Rally se presentaría con el primer rayo de sol.

LEJOS DE ONITSHA

Bath Boy's Grammar School, otoño de 1968.

Fintan mira la clase de francés, y piensa que no ha olvidado sus nombres, todos aquellos nombres, Warren, Johnson, Lloyd, James, Strand, Harrison, Beckford, Metcalfe, Andrew, Dixon, Mall, Pembro, Calway, Putt, Tinsley, Temple, Watts, Robin, Gascoyne, Goddard, Graham Douglas, Stapilton, Albert Trillo, Say, Holmes, Le Grice, Somerville, Love. Cuando entró en el colegio, pensó que nada tendría importancia, que sería un trabajo como cualquier otro, meras caras, apariencias. El dormitorio de los internos es una gran sala fría con las ventanas enrejadas. A través de las ventanas se veía los árboles coloreados por el otoño. Nada ha cambiado. Ayer mismo, acababa de llegar, Geoffroy lo condujo hasta el colegio, le estrechó la mano y se marchó de nuevo. Entonces coexistían dos vidas. La que empezaba a vivir en el colegio, en la fría sala del dormitorio común, en las clases, con los otros muchachos, y la voz gangosa del señor Spinck que recitaba los versos de Horacio, o lente lente currite noctis equi. Y luego lo que veía cuando cerraba los ojos, en la penumbra, deslizándose por el río Omerun, o meciéndose en la hamaca de sisal escuchando el estrépito de las tormentas.

Hay que olvidar. En Bath nadie sabe nada de Onitsha, ni del río. Nadie quiere saber nada de los nombres que allá tenían tanta importancia. Cuando llegó al colegio Fintan hablaba pidgin por descuido. Decía, He don go nawnaw, he tok say, decía Di book bilong mi. Provocaba las risas de todos y el administrador general [9] creyó que lo hacía a propósito, para sembrar el desorden. Lo castigó a permanecer de pie contra la pared durante dos horas, con los brazos en cruz. No quedaba más remedio que olvidarlas también, esas palabras que se escapaban, que bullían en la boca.

Había que olvidar a Bony. En el colegio los muchachos eran más pueriles, y al mismo tiempo sabían mucho, eran resabiados y desconfiados, daban la impresión de ser mayores de lo que en realidad eran. Eran poco agraciados de cara, desvaídos. Cuchicheaban bajito en el dormitorio, hablaban del sexo de las mujeres como si nunca lo hubieran visto. Fintan recuerda cómo los contemplaba al principio, con una mezcla de temor y curiosidad. No era capaz de leer en sus miradas, no entendía qué querían. Era igual que un sordomudo cauteloso, siempre vigilante. Eso fue hace mucho. Ahora le toca estar en el bando de los profesores, pasante de francés y latín, para ganarse la vida. Jenny es enfermera en el hospital de Bristol. Todo el mundo dice que van a casarse. Puede que este invierno, por Navidad. Irán a la zona de Penzance, o a Tintagel, a ver el mar. Cuando estalló la guerra allí, en Biafra, Fintan deseaba partir de inmediato, tratar de entender. Se quedó por Jenny. De todas formas, ¿qué podía hacer él? El mundo que conoció está clausurado, ya es demasiado tarde. Los mercenarios se han puesto al servicio de las compañías de petróleo, la Gulf Oil, la British Petroleum; van a Calabar, Bonny, Enugu, Aba. Habría que haberse quedado en Onitsha, Omerun, no haberse ido nunca. No perder jamás de vista el solitario árbol que dominaba el herbazal, donde su amigo lo esperaba, donde empezaba la aventura.

Fintan se acostumbró. Ahora recuerda muy bien a los que era preciso evitar, a los que podían resultar peligrosos. Entre los primeros estaban James, Harrison, Watts, Robin. James era el cabecilla. Pegaban de a dos, Harrison te sujetaba, James daba los puñetazos. En el segundo grupo estaban Somerville, Albert Trillo, Love, Le Grice. Le Grice era un poco gordinflón, tranquilo. Pensaba dedicarse a la magistratura, como su padre. A los quince años daba la imagen de un hombre, con su traje, el chai, el cabello ya ralo, el bigotillo.

Love era diferente. Era un muchacho delgado y pálido, encorvado, de ojazos circundados de bistre y una expresión de desolada languidez. Los demás se mofaban de él, lo trataban como a una chica. Recién llegado al colegio, Fintan sintió por él una cierta simpatía tocada de compasión. Love hablaba de cosas que no tenían que ver con el sexo de las mujeres. Escribía poesía. Se la enseñó a Fintan: complicados versos en torno al amor y los remordimientos. Un poema, Fintan lo recuerda, se titulaba One thousandyears. Hablaba de un alma que vagaba por los pantanos. Fintan pensó en Oya, en su escondrijo en el río, en el pecio. Pero tampoco esto podía compartirlo con nadie.

Ahora Oya es una vieja, muy probablemente. Y el niño que nació en el río tal vez forma parte de esos adolescentes con el cráneo rapado, armados con simples palos a guisa de fusiles, que vio en Okigwi John Birch durante su misión en nombre del Save the Children Fund. Fintan escruta las fotografías, como si fuera a poder reconocer el rostro de Bony entre los soldados de Benjamin Adekunle, el «Escorpión negro», que se enfrentan a los Mig 17 y a los Iliuchín 18, y a los cañones de 105 mm en plena sabana, alrededor de Aba. Cuando estalló la guerra allí, tan lejos, fue por él por quien Fintan quiso partir, por encontrar a Okeke, ayudarlo y protegerlo, él, que vio nacer al hijo de Oya en el vientre del George Shotton, que fue como su hermano. ¿Dónde estará en este momento? Puede que yazca entre las hierbas, con un agujero en el costado, en la carretera de Aba, donde aguardan miles de criaturas famélicas, con el semblante paralizado por el sufrimiento, idénticas a minúsculos ancianos. Cuando Jenny mira las fotos en las revistas no puede reprimir las lágrimas. Es Fintan, precisamente, quien tiene que consolarla, como si él pudiera olvidar.

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[9] Surveillant general: «Vigilante o inspector general», el responsable de la administración interior, de la disciplina, etc., en un centro de enseñanza.