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– Maldita sea, para ya.

– Se está haciendo más grande y más grande. ¿Lo notas?

– Sí, sí…

– Me voy a correr, Cristo, me voy a correr…

Me corrí y me eché a un lado.

– Me has violado, hijo de puta, me has violado -me dijo en voz baja-. Se lo voy a tener que decir a Laura.

– Venga, cuéntaselo. ¿Piensas que se lo va a creer?

Grace bajó de la litera y se fue hacia el baño. Yo me limpié con la sábana, me subí los pantalones y salté fuera de la litera.

– Chicas, ¿sabéis jugar a los dados?

– ¿Qué se necesita? -preguntó Laura.

– Yo tengo los dados. ¿Tenéis algo de dinero? Hacen falta dados y dinero. Os enseñaré cómo. Sacad vuestro dinero, ponedlo enfrente de vosotras. Yo no tengo mucho dinero. ¿Todos somos amigos, no?

– Sí -dijo Jerry-, todos somos amigos.

– Sí -dijo Laura-, todos somos amigos.

Grace salió del baño.

– ¿Qué está haciendo ahora este hijo puta?

– Está enseñándonos a jugar a los dados -dijo Jerry.

– Echar los dados, es el término correcto. Chicas, voy a enseñaros a echar los dados.

– ¿Nos vas a enseñar, eh? -dijo Grace.

– Sí, Grace, desciende con tu elevado culo hasta aquí y os enseñaré cómo funciona…

Una hora más tarde tenía la mayor parte del dinero en mis manos cuando de repente apareció Wilbur Oxnard bajando las escaleras. Así es como nos encontró Willie cuando volvió: borrachos y echando los dados.

– ¡No permito el juego en este barco! -gritó desde lo alto de la escalera. Grace se levantó, atravesó la sala, le puso los brazos alrededor y le introdujo su larga lengua en la boca, luego le acarició los cojones.

– ¿Dónde ha estado mi Willie, dejando a su Gracita sola y aburrida en este barco grandote? Cuánto he echado de menos a mi Willie.

Willie entró en la sala sonriendo. Se sentó a la mesa, Grace sacó otra botella de whisky y la abrió. Wilbur sirvió las bebidas. Me miró:

– Tengo que volver a corregir algunas notas de la ópera. ¿Todavía estás dispuesto a escribir el libreto?

– ¿El libreto?

– Las letras.

– Para ser sincero, Wilbur, no he estado pensando mucho en ello, pero si tú te lo tomas en serio, yo me pondré a trabajar en la letra.

– Yo me lo tomo en serio -dijo él.

– Empezaré mañana.

En ese momento, Grace se arrastró por debajo de la mesa y le bajó la cremallera a Wilbur. Iba a ser una buena noche para todos.

35

Grace, Laura y yo estábamos sentados en un bar del Green Smear unos días más tarde cuando entró Jerry.

– Un whisky doble -le dijo al camarero. Cuando le sirvieron la bebida, Jerry se quedó observándola con la mirada baja.

– Escucha, Grace, no estuviste la noche pasada. Yo me quedé sola con Wilbur.

– No pasa nada, querida, tuve que ocuparme de unos pequeños asuntos. Me gusta dejar al vejete con ganas.

– Grace, se hundió mucho, se hundió de verdad. Henry no estaba, Laura tampoco estaba. No tenía a nadie con quien hablar. Yo traté de ayudarle.

Laura y yo nos habíamos pasado toda la noche en una fiesta en casa del dueño del bar. Desde allí habíamos vuelto al bar. Yo no había empezado todavía a trabajar en el libreto y Wilbur me había estado dando la lata. Quería que me leyera todos los malditos libros. Hacía tiempo que yo pasaba de leer lo que fuera.

– Se puso a beber mucho. Agarró el vodka. Empezó a beber vodka a palo seco. No paraba de preguntar dónde estabas, Grace.

– Eso puede ser amor -dijo Grace.

Jerry se acabó el whisky y pidió otro.

– Yo no quería que bebiese demasiado -dijo-, así que cuando se descuidó, cogí la botella de vodka, eché parte de ella en el lavabo y la rellené con agua. Pero ya se había bebido cantidad de esa mierda cargada de grados. Traté de convencerle de que se fuera a la cama…

– ¿Ah, sí?

– Le estuve diciendo todo el rato que se fuera a la cama, pero él no quiso. Estaba tan desquiciado que yo tuve que beber también. Al final, me entró la dormilera y le dejé sentado en aquella silla con su vodka.

– ¿No le llevaste a la cama? -preguntó Grace.

– No. Por la mañana, entré en la sala y él todavía seguía sentado en la silla, con la botella de vodka a su lado. «Buenos días, Willie», le dije. Nunca había visto unos ojos tan hermosos. La ventana estaba abierta y la luz del sol los hacía brillar, con toda el alma.

– Ya lo sé -dijo Grace-, Willie tiene unos ojos muy bonitos.

– El no me contestó. No conseguí que dijera una sola palabra. Fui hasta el teléfono y llamé a su hermano, ya sabes, el doctor drogadicto. Vino el hermano y le echó un vistazo y cogió el teléfono y nos sentamos hasta que vinieron dos tíos que le cerraron los ojos a Willie y le pusieron una inyección. Luego nos sentamos y hablamos un rato hasta que uno de los tíos miró su reloj y dijo «Ya está» y se levantaron y cogieron a Willie de la silla y lo extendieron en una camilla. Luego se lo llevaron y allí acabó todo.

– Mierda -dijo Grace-, estoy jodida.

– Estás jodida -dijo Jerry-, yo al menos tengo todavía mis cincuenta mensuales.

– Y tu culazo gordo y redondo -dijo Grace.

– Y mi culazo gordo y redondo -dijo Jerry.

Laura y yo sabíamos que estábamos jodidos. No había necesidad de decirlo.

Nos quedamos todos sentados en el bar tratando de pensar en nuestro próximo paso.

– Me pregunto -dijo Jerry-, si no lo mataría yo.

– ¿Matarle cómo? -pregunté.

– Por mezclar agua con vodka. El siempre lo bebía a palo seco. Podría haber sido el agua lo que lo mató.

– Podría ser -dije.

Entonces me volví hacia el camarero.

– Tony -dije-. ¿Podrías por favor servirle a la señorita un vodka con agua?

Grace no encontró la broma divertida.

Yo no vi como ocurrió, pero más tarde me lo contaron. Grace salió y se fue a casa de Wilbur y empezó a dar golpes en la puerta, a dar golpes y a gritar y a dar golpes, y el hermano, el doctor, abrió la puerta, pero no la dejó entrar, estaba de luto y drogado y no la quiso dejar pasar, pero Grace no se dio por vencida. El doctor no conocía a Grace muy bien (puede que todo lo que supiese de ella es que era una buena jodedora) y el tío cogió el teléfono y llamó a la policía, que vino, pero ella estaba demasiado enloquecida y rabiosa e hicieron falta dos de ellos para ponerle las esposas. Cometieron el error de esposarla por delante y ella subió los brazos y luego los bajó y le rasgó a uno de los polis la mejilla, se la abrió de tal modo que podías asomarte por un lado de su cara y verle los dientes. Vinieron más polis y se llevaron a Grace, dando alaridos y pegando patadas, y después de eso ninguno de nosotros nos volvimos nunca a ver.

36

Filas y filas de silenciosas bicicletas. Estanterías repletas de repuestos de bicicletas. Filas y filas de bicicletas colgando del techo: bicicletas verdes, bicicletas rojas, bicicletas amarillas, bicicletas púrpura, bicicletas azules, bicicletas para niñas, bicicletas para niños, todas colgando allí arriba; los radios relucientes, las ruedas, los neumáticos de goma, la pintura, los sillines de cuero, luces traseras, luces delanteras, los frenos de mano; cientos de bicicletas, fila tras fila.

Teníamos una hora libre para almorzar. Yo comía rápidamente. Como me pasaba levantado casi toda la noche y me despertaba muy temprano, estaba siempre cansado, con todo el cuerpo dolorido. Había logrado encontrar un rincón retirado bajo las bicicletas. Me arrastraba hasta allí, bajo las nutridas hileras de bicicletas inmaculadamente ordenadas. Me tumbaba allí de espaldas, y suspendidas sobre mí, alineadas con precisión, colgaban filas de relucientes radios de plata, llantas, cubiertas de caucho negro, brillante pintura nueva, pedales. Todo en perfecto orden. Era inmenso, correcto, ordenado… 500 ó 600 bicicletas en formación encima mío, cubriéndome, por todas partes. De algún modo aquello estaba lleno de significado. Sólo tenía que mirarlas para saber que únicamente tenía cuarenta y cinco minutos de reposo bajo aquella selva cíclica.