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Sawyer miró fijamente al hombre.

– ¿Quiere decir que Jeff Fisher fue detenido?

– Así es.

– ¿Y que al día siguiente se produjo un robo en su casa?

El sargento de servicio asintió con la cabeza y se apoyó sobre el mostrador.

– Yo diría que fue una combinación de mala suerte.

– ¿Describió a las personas que lo seguían? -preguntó Sawyer.

El sargento miró al agente del FBI como si también pretendiera hacerle una prueba de alcoholemia.

– Nadie lo seguía.

– ¿Está seguro? -El sargento hizo rodar los ojos en sus órbitas y sonrió-. Está bien, acaba de decir que no estaba borracho y, sin embargo, ¿lo encerró aquí esa noche? -preguntó Sawyer, al tiempo que colocaba ambas manos sobre el mostrador.

– Bueno, ya sabe cómo son algunos de esos tipos. A veces, las pruebas no funcionan con ellos. Se meten en el coleto todo un paquete de doce latas y el analizador del aliento da como resultado uno punto cero uno. De todos modos, Fisher conducía y actuaba como un loco. Nos pareció mejor ponerlo a buen recaudo durante la noche. Si estaba ebrio, al menos pudo dormir aquí la mona.

– ¿Y él no se opuso?

– Demonios, no. Dijo que no había estado nunca en la cárcel y le pareció que eso podía ser una experiencia refrescante. -El sargento sacudió su cabeza calva-. ¿No le parece que eso confirma que estaba fuera de sus cabales? ¡Nada menos que refrescante!

– ¿No tiene usted idea de dónde se encuentra ahora?

– Demonios, ni siquiera pudimos encontrarlo para decirle que habían forzado la entrada en su casa. Como ya le he dicho, se le llevó ante el juzgado y se le indicó una fecha para el juicio. Su paradero sólo me importará en el caso de que no se presente.

– ¿Alguna otra cosa que se le ocurra? -preguntó Sawyer con una expresión de decepción.

El sargento tamborileó con los dedos sobre el mostrador y miró fijamente hacia un punto indeterminado del espacio. Luego negó con la cabeza. Finalmente Sawyer se volvió a mirar a Jackson y ambos se dispusieron a marcharse.

– Está bien, gracias por su ayuda.

Se encontraban ya cerca de la puerta cuando el hombre pareció salir de su trance.

– El tipo me entregó un paquete para que lo enviara por correo. ¿Se lo puede creer? Bueno, es cierto que llevo uniforme, pero ¿tengo aspecto de ser un cartero?

– ¿Un paquete?

Sawyer y Jackson regresaron de inmediato junto al mostrador.

El sargento movió la cabeza, mientras recordaba el incidente.

– Le dije que podía hacer una llamada telefónica y él me preguntó si antes de hacerla no podía enviar un paquete por correo. Me dijo que ya tenía puestos los sellos y que me lo agradecería mucho.

El sargento se echó a reír, y Sawyer lo miró fijamente.

– En cuanto al paquete…, ¿lo envió usted?

El sargento dejó de reír y miró a Sawyer con ojos parpadeantes.

– ¿Qué? Sí, lo introduje en ese buzón que hay ahí. No fue ningún problema para mí y me imaginé que de ese modo ayudaba al tipo.

– ¿Qué aspecto tenía el paquete?

– Bueno, no era una carta. Era uno de esos sobres marrones acolchados, ya sabe.

– Como los que tienen burbujas por dentro -sugirió Jackson.

– Eso es -asintió el sargento señalándolo con un dedo-. Pude notarlo a través de la envoltura exterior.

– ¿Qué tamaño tenía?

– Oh, no era muy grande. Aproximadamente así de ancho y así de largo -contestó el sargento al tiempo que indicaba con sus huesudas manos un espacio de veinte por quince centímetros-. Se enviaba por correo de primera clase, con acuse de recibo.

Sawyer volvió a colocar las dos manos sobre el mostrador y miró al sargento, con el corazón latiéndole un poco más de prisa.

– ¿Recuerda la dirección del paquete? ¿El remitente o adónde iba dirigido?

El hombre reanudó su tamborileo con los dedos.

– No recuerdo quién lo enviaba; imaginé que sería el mismo Fisher. Pero iba dirigido a algún lugar de…, ah, Maine, eso es, de Maine. Lo sé porque mi esposa y yo estuvimos de vacaciones por esa zona hace un año. Si tiene la ocasión, debería ir usted también. El paisaje es impresionante. Gastará su Kodak, de eso puede estar seguro.

– ¿A qué parte de Maine? -preguntó Sawyer, que hacía esfuerzos por mostrarse paciente.

– Creo que a alguna parte terminada en Harbor o algo así -contestó finalmente el hombre, tras pensárselo un poco.

Las esperanzas de Sawyer se derrumbaron. Desde el fondo de sus recuerdos se le ocurrió pensar en por lo menos media docena de ciudades en Maine que llevaran ese nombre.

– ¡Vamos, piense!

El sargento abrió mucho los ojos.

– ¿Acaso ese paquete contenía droga? ¿Es ese Fisher un traficante? Me pareció que había algo extraño en él. ¿Por eso están tan interesados los federales?

Sawyer negó con la cabeza, con una expresión de cansancio.

– No, no tiene nada que ver con eso. Mire, ¿recuerda al menos a quién se le enviaba el paquete?

El hombre pensó durante un rato y finalmente negó con la cabeza.

– Lo siento, muchachos, no lo recuerdo.

– ¿Le dice algo el apellido Archer? -preguntó Jackson entonces-. ¿Iba dirigido a alguien con ese apellido?

– No, eso lo recordaría. Uno de nuestros agentes tiene ese apellido.

Jackson le entregó su tarjeta.

– Está bien, si se le ocurre alguna otra cosa, sea lo que sea, llámenos inmediatamente. Es muy importante.

– Desde luego, así lo haré. En seguida. Pueden contar con ello.

Jackson tocó a Sawyer en la manga.

– Vámonos, Lee.

Se dirigieron hacia la salida. El sargento regresó a su trabajo. De repente, Sawyer se giró en redondo y su dedo índice señaló a través de la habitación, como una pistola apuntada directamente hacia el sargento, con la imagen de una pegatina de un lugar de vacaciones en Maine firmemente instalada en su mente.

– ¡Patterson! -exclamó.

El sargento levantó la mirada, asombrado.

– ¿Iba dirigido el paquete a alguien llamado Patterson, en Maine? -preguntó Sawyer.

La mirada del sargento se iluminó y luego chasqueó los dedos.

– Eso es, Bill Patterson.

Pero la sonrisa se borró de su rostro en cuanto vio a los dos agentes del FBI salir de estampida de la comisaría.

Capítulo 56

Bill Patterson miró a su hija mientras conducía por las calles, ahora cubiertas de nieve, que se había hecho mucho más intensa en la última media hora.

– ¿Me estás diciendo que ese tipo de tu oficina debía enviarme un paquete a mí para que yo te lo guardara? ¿Una copia de un disquete de ordenador que Jason te envió? -Sidney asintió con un gesto-. ¿Y no sabes lo que es?

– Está cifrado, papá. Ahora tengo la contraseña de acceso, pero tenía que esperar a recibir el paquete. -¿Y no llegó? ¿Estás segura? El tono de voz de Sidney sonó exasperado.

– Llamé a los de FedEx. No tienen registrada la recogida de ningún paquete. Luego llamé a su casa y me contestó la policía. Oh, Dios. – Sidney se estremeció al pensar en el posible destino que hubiera podido correr Jeff Fisher-. Si algo le ha sucedido a Jeff…

– Bueno, ¿has probado con el contestador automático de tu casa? Quizá haya llamado y dejado un mensaje.

Sidney se quedó con la boca abierta ante la brillante sencillez de la sugerencia de su padre.

– ¡Dios mío! ¿Cómo no se me ocurrió pensar en eso? -Porque llevas dos días huyendo para salvar la vida. Por eso. La voz de su padre sonó malhumorada. Se inclinó y tomó la escopeta que había dejado en el suelo.

Sidney introdujo el Cadillac en una gasolinera y se detuvo cerca de una cabina telefónica. Corrió hasta el teléfono. La nieve caía con tanta intensidad y rapidez que ni siquiera se dio cuenta de la furgoneta que pasaba de largo ante la estación, daba la vuelta por una carretera lateral efectuaba un giro y esperaba a que ella regresara a la carretera principal! Sidney introdujo su tarjeta telefónica y marcó su número de teléfono. Pareció transcurrir toda una eternidad hasta que el contestador automático se puso en marcha. Había un montón de mensajes. De sus hermanos, de otros miembros de la familia, de amigos que se habían enterado de lo ocurrido por las noticias y la llamaban haciéndole preguntas, mostrándose enfadados, ofreciéndole su apoyo. Esperó con creciente impaciencia mientras sonaban los mensajes. Entonces, contuvo la respiración ante el sonido de una voz familiar que llegó a sus oídos.