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Aquel día habíamos ido a un campo donde el trigo ya había sido cosechado. Nuestro trabajo consistía en recoger los restos de trigo que se les habían caído a los campesinos. La profesora desplegó a los alumnos de manera que cada uno cubriera un radio de dos metros. Entonces toda la línea avanzaba a la vez. Yo recogí con toda la rapidez de la que fui capaz, con los ojos abiertos de par en par por miedo a que se me pasara por alto un solo pedacito. Al final de la jornada, con los ojos más secos que un desierto, continuaba siendo la última. Mientras que mis compañeros de clase ya habían llegado al final del campo, yo aún seguía recogiendo bajo el sol ardiente. Mi madre suspiró al cuidar de mis manos y brazos ensangrentados, llenos de pinchazos del afilado rastrojo. Durante los tres años siguientes, siempre fui la última en las clases del Xiao Nong. Los profesores me ponían mala nota y me advertían que tenía tendencia a ser una «asquerosa princesa capitalista».

Había otra parte del programa «Aprender de los campesinos», el Kang Shuang o combatir el hielo, que era mucho más física de lo que incluso algunos de los hijos de campesinos podían soportar. El otoño es corto en Pekín. Podía ocurrir que el invierno, y por tanto las heladas, llegara deprisa y sin avisar. El hielo era especialmente dañino para las coles si se dejaban en los campos. Así pues, el Kang Shuang se convertía en el trabajo y la prioridad de todo el mundo. Cuando se producía la primera helada se reunía rápidamente a los oficinistas y escolares para que ayudaran a recoger y trasladar las coles al lugar de almacenamiento.

Una mañana de helada en Pekín podía llegar a ser muy fría y oscura. Cuando llegábamos a los campos de coles había mucha gente que ya estaba atareada. Las lámparas de aceite se encendían y se colocaban en altas columnas en los campos. Los campesinos encargados de la supervisión agitaban sus lámparas de aceite y gritaba a la gente que se diera más prisa. En uno de aquellos días, mis compañeros de clase y yo nos colocábamos en fila para coger las coles que nos ponían en los brazos y luego nos las llevábamos para que las almacenaran bajo plástico.

– ¿De verdad puedes llevar tres? -me preguntó el campesino.

– Sí -insistí. Tenía muchas ganas de demostrar que era tan buena como cualquier hijo de campesino.

– Con dos es suficiente. Ni siquiera llevas guantes -replicó él al tiempo que colocaba dos grandes coles en mis brazos extendidos.

Estaban heladas. En cuanto empecé a andar noté inmediatamente que las manos perdían toda sensibilidad. Aquella mañana, mi madre se había olvidado de darme los guantes de invierno, aunque de todas formas no habrían sido de ayuda porque no eran impermeables. Las hojas inferiores se descongelaron en seguida y el agua me iba empapando las mangas.

A mi espalda, mi profesora gritó: «Ve corriendo. El tiempo es oro».

Los campesinos que agitaban las lámparas de aceite también gritaban: «Corre, corre» y «más deprisa, más deprisa».

Yo corría todo lo que podía mientras intentaba no caerme en la oscuridad. A lo lejos, las llamas de las lámparas de aceite brillaban, como unos ojos cansados que intentaran permanecer despiertos. Los campesinos apilaban las coles en grandes montones que luego envolvían con unas cubiertas de plástico. La humedad del aire no tardó en atravesar mi abrigo acolchado. Notaba que cada vez se me pegaban más los pantalones. Tenía el cabello mojado y probablemente helado. Ya no sentía las manos. En cuanto dejé las coles, me limpié la nariz, que me goteaba, con las mangas. La respiración me había reblandecido la punta, que muy pronto se me puso roja e irritada.

Al día siguiente tenía mucha fiebre. Muchos de mis compañeros de clase también estaban enfermos. Mientras permanecía en la cama reponiéndome de mi enfermedad, la radio emitía historias heroicas del Kang Shuang y de los magníficos resultados que se habían obtenido. Se salvaron miles de jin (medio kilo) de coles en tal o cual Comuna Popular; de modo que se había salvado nuestra dieta invernal.

Como no era hija de campesinos, mis compañeros de clase me llamaban «carita blanca», una imagen sacada de la ópera china tradicional que aludía al chivato astuto e inteligente que vivía a costa del campesinado rojo. A mis compañeros de clase les daba igual que mis dos progenitores fueran miembros del Partido Comunista. Al fin y al cabo, sólo tenían diez años; aprendieron a odiar porque así se lo dijeron: mis padres eran intelectuales y, por tanto, mi sangre no era tan roja como la suya. Tardé años en perdonarlos y en aceptar que no eran sino niños inocentes que trataban de jugar a un juego de adultos. Lamentablemente, a veces la inocencia también puede ser mortal.

Empezó una mañana de invierno, cuando llegué a clase. Vi que algunos niños ya estaban sentados en sus asientos; parecían estar de buen humor. Como siempre, mantuve la cabeza gacha y me senté en el pupitre sin decir nada. Saqué todos los libros de mi bolsa y empecé a ponerlos en el pupitre, pero no entraban. Miré en su interior y vi que estaba repleto de cenizas. Los chicos que había sentados detrás de mí se rieron con regocijo.

No me volví ni alcé la cabeza. Aunque la mente me decía que hiciera caso omiso de sus risas y cuchicheos, agucé el oído para enterarme de lo que decían. Cada vez iban llegando más compañeros de clase. Cada vez había más risas y más cuchicheos.

– Se lo merece -certificó una voz de chica.

– Y ahora a ver qué hace -dijo otra voz, a lo que siguieron unas risas alborozadas.

No sabía qué hacer y me puse los libros en el regazo.

Sonó el timbre y entró nuestro profesor de ciencias, un joven musculoso de veintitantos años. Inmediatamente el delegado de curso gritó: «¡En pie!».

Pero yo, con todos los libros en el regazo, no podía levantarme.

El profesor se acercó a mí y me miró fijamente a la cara.

– ¿Por qué no te pones en pie?

Todo el dolor y las lágrimas que con tanto esfuerzo había tratado de contener fluyeron a la vez. Los lagrimones mojaron mis libros cuidadosamente apilados.

– ¿Qué ocurre? -me preguntó en tono suave tras acercarse más.

El llanto me impedía hablar, miré el pupitre y cayeron más lágrimas.

– ¿Alguien quiere decirme qué está pasando? -dijo el profesor con severidad dirigiéndose al resto de la clase.

En el aula sólo se oían mis sollozos.

Tras lo que pareció una eternidad, una vocecita casi imperceptible dijo: «Alguien le ha puesto carbón en el pupitre».

El profesor dio la vuelta y vio por sí mismo la mesa llena de carbón quemado.

– ¿Quién ha hecho esto? -gritó-. ¿Quién? -se estaba poniendo colorado-. Pequeños bastardos. Será mejor que confeséis. Si descubro quién ha sido, lo vais a pagar. Lo vais a pagar muy caro. No creáis que no lo descubriré… y cuando lo haga, lo lamentaréis. ¡Si creéis que podéis hacer algo así bajo mi vigilancia, estáis muy equivocados! -Sus gritos se convirtieron en alaridos y la cara se le puso más roja-. Y ahora, ¿quién va a ayudarme a limpiar el pupitre?

Se acercó un chico campesino de complexión robusta. Entre los dos se llevaron el pupitre afuera y tiraron las cenizas en el patio. Mientras estaban fuera noté la mirada de todos mis compañeros de clase fija en la espalda y oí unos quedos cuchicheos. Sabía que la mayoría estaba disfrutando con aquello. Me senté en la silla sintiéndome humillada. Pero sólo me odiaba a mí misma. Pensaba que ojalá fuera más fuerte, lo suficiente como para defenderme. En mi cabeza, una voz fuerte, con el tono de mi madre, me dijo que dejara de llorar. Me mordí los labios y apreté los puños con fuerza para que las lágrimas cesaran, pero sin éxito.

A partir de aquel día me pusieron en la primera fila y allí me senté durante los tres años siguientes. No obstante, las cenizas no dejaron de aparecer en mi pupitre; sin embargo, yo ya no lloré más ni les dije nada a los profesores. Un día, cuando entré en el aula y me encontré más cenizas en la mesa, me limité a volcar el pupitre y las tiré en la parte anterior de la clase. Cuando el profesor de geología preguntó qué pasaba, yo miré fijamente hacia delante y no dije ni una palabra.

Y entonces se terminaron las cenizas. Quizá cuando dejé de demostrar lo mucho que me importaba dejó de ser divertido para los perpetradores. Pero el campo de batalla se trasladó entonces fuera de la escuela, donde se me podía infligir mayor sufrimiento.

Yo siempre había tomado parte en las actividades extraescolares. Durante algún tiempo participé activamente en el grupo de danza de la escuela, que llegó a ganar premios en competiciones por Pekín. Incluso interpreté un papelito en una película propagandística. Por lo común, los ensayos del grupo de danza eran difíciles e interminables. Dos bailarines profesionales del Grupo Cultural de Canto y Danza venían periódicamente a dar lecciones.

Después de los ensayos recorría la calle principal del pueblo con la bolsa del colegio colgando del hombro y a veces recogía algunas especias para mamá. El estrecho camino de tierra estaba bordeado de largos muros y casas de barro a ambos lados.

– ¿Adónde vas, carita blanca?

Apareció un rostro por encima de una de las casas de barro.

Me asusté. Al levantar la mirada vi a una pandilla de niños, adolescentes en su mayoría, sentados en lo alto de las paredes de barro. Reconocí a dos niños más pequeños que iban a mi misma escuela.

Me volví y, sin mediar palabra, empecé a alejarme caminando más deprisa.

– ¿Te crees mejor que nosotros, no es cierto? -gritó el chico mayor-. ¡Bah! Mírate, con esa camisa y esas manos blancas… ¡Carita blanca capitalista!

Seguí andando. De pronto, una cosa dura me dio en la espalda y me hizo avanzar dando traspiés. Cuando me di la vuelta para ver lo que había ocurrido, me arrojaron otra piedra que me dio en el brazo izquierdo. Noté una sensación punzante y vi que me salía sangre del codo.

Eché a correr. Las piedras siguieron viniéndoseme encima, seguidas por fuertes risas.

A mi madre casi se le saltaron las lágrimas al limpiarme las heridas. Yo me senté en mi pequeño taburete mientras mi madre se arrodillaba junto a mí con una toalla húmeda y caliente. En el suelo, la camisa blanca, entonces manchada de sangre, flotaba en un cubo de agua y la sangre empezaba a disolverse lentamente.

– ¿Cómo ha ocurrido? ¿Quiénes eran esos chicos malos? -preguntó mamá.

– No lo sé. Al mayor lo he visto por el pueblo, pero no sé quién es. No es un alumno de la escuela.

Mamá me puso un poco de yodo en la herida y dijo: