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Los padres de Yin eran dos campesinos delgados, vestidos de azul, y sorprendentemente jóvenes para tener un hijo de diecisiete años. Gente muy aplomada, que nunca se reía, aunque Lu Hsin no podría asegurar plenamente esto último porque no los había tratado mucho, y lo que parecían en esta ocasión no debía de ser característico: la partida del hijo, o los conmovía, o los dejaba indiferentes, y ninguna de las dos emociones era para soltar la risa. Aunque, si lo pensaba bien, no recordaba haber visto reírse mucho a Yin en todos estos años, y ni siquiera sonreír con frecuencia. El giro peculiar de la cortesía del joven lo hacía mortalmente serio.

Sus tres hermanos también estaban presentes, tan adustos como los padres. Eran menores que Yin, entre los doce y los quince años, todos altos y delgados. Se mantenían al margen, obviamente se hallaban incómodos, y se habrían dejado cortar los brazos antes que estorbar en los últimos preparativos. Quién sabe por qué motivo la familia entera había ido a dar la última despedida al hijo mayor a casa de Lu, donde los recogerían los comisarios de viaje para llevarlos al aeropuerto militar.

La señora Whu había hecho desde el comienzo como si no los viera. No quería tomarse la molestia. En realidad, hacía como si no viera a nadie; entrecerraba los ojos, decidida a permanecer ajena. Hin en cambio los había convidado con té, trabajo que no pudo tomarse Lu ocupado como estaba decidiendo qué llevaría. Había dejado para último momento la preparación de su bolso, para no darle a su ausencia una importancia mayor de la que tendría, y como era por quince días, estaba indeciso respecto de las dimensiones del equipaje: a la vez demasiado poco tiempo para llevar mucha ropa (especialmente por cuanto estaban en verano), pero no tan poco como para ir con lo puesto y una muda más, como había hecho siempre en sus viajes, que nunca habían sido tan demorados, y tan lejos. A su edad, conocería Pekín. Pero nadie de los que estaban presentes esa mañana conocía la capital. Sentía que podía ser de mal gusto quitarle toda importancia al asunto.

Les dio recomendaciones a la señora Whu, que no prestó atención, y a Hin, que le dio la impresión de que le prestaba un exceso de atención. De modo que no dijo mucho. Pensaba, molesto, que la casita no mantendría su cohesión durante la quincena. ¿Y no era acaso una dispersión, la casa misma, no había seguido durante estos últimos quince años un proceso de desvanecimiento en el espacio? Ya era un solo ambiente, abierto por los cuatro costados al exterior (una cuarta parte de la casa se había vuelto galería exterior). Después del desmantela-miento de la oficina el año anterior, al cesar la aparición de la Gaceta, la salita se había ampliado, y los tres dormitorios habían perdido sus tabiques, transformados en biombos plegadizos. Todos los que la visitaban coincidían en que era la casa «más rara» de la Hosa. Era coherente que ahora, de pronto, su dueño y constructor saliera volando por los cielos.

Al fin de cuentas no habían desayunado, con el trajín, y a esta hora no valía la pena almorzar; él por su parte no lo lamentaba, pero le preguntó a Yin si no quería comer algo. Se sentaron y tomaron una taza de té con un bizcocho, y hubo un momento en que todos los otros (a los que se había sumado la señora Kiu) estaban alrededor de la mesa en silencio mirándolos comer.

Hasta que oyeron el ruido del camión que los venía a buscar. Se despidieron deprisa, nerviosos, y subieron a la cabina, donde además del soldado que manejaba había un oficial al que Lu conocía.

Atravesaron la aldea en una nube de polvo, y tomaron el camino ascendente hacia el aeropuerto, que dos años después de su instalación seguía siendo muy primitivo, de tipo provisorio. El oficial los llevó a tomar té, y les presentó al piloto, un hombre de unos cuarenta años, de uniforme arrugado, que habló poco. Estuvieron cerca de una hora en las barracas, y a Lu le divirtió ver el modo en que trataban a Yin, guardia rojo de prestigio en la provincia. Un colegial maoísta como él, pura adolescencia y obviedad, estaba tan lejos de la realidad como se podía estarlo, y sin embargo estos hombres que dominaban la mecánica y la técnica de objetos tan reales como los aviones mostraban una deferencia permanente hacia su persona. Por lo visto, representaba un misterio. Era muy saludable para un intelectual representar al misterio de la mente.

Al fin los invitaron a subir al avión; era un cuatrimotor muy bien pintado por afuera, pero por dentro algo maltrecho. Había una decena de asientos atornillados al fuselaje, y sólo habría un pasajero además de ellos dos, un oficial del ejército, viejo y enfermo, con cara amarilla de mandarín. La tripulación parecía compuesta de jovencitos gordos presas de la distracción. Se ajustaron los cinturones, como les habían dicho que debían hacerlo para el despegue, y esperaron.

El avión corrió un poco sobre el terreno, de pronto dio un salto y empezó a inclinarse. Lu miró por la ventanilla: increíblemente (habría jurado que la inclinación era imperceptible, y que habían subido unos pocos metros) tenía el horizonte en una línea casi vertical delante de él. Yin estaba pálido y miraba el vacío. Vio dar una vuelta completa, en el sentido de las agujas del reloj, a la línea del horizonte. Estaban girando para apuntar al norte, adonde se dirigían. A medida que ganaban altura, más despacio parecía ir el aparato, hasta que fue como si se detuviera. «Ahora nos caemos», pensó Lu. Pero no sucedió tal cosa.

Por el contrario, desde allá arriba, para su maravillada sorpresa, tuvo la visión de toda la Hosa. Estaban muy, muy alto; como los pájaros, o más. Allá abajo veían las aldeas… La que estaba más cerca, abajo del avión -pero ya la dejaban atrás- era la suya. Las casas parecían iguales, rastros de animales pequeños, construcciones sin seriedad, dibujos vanos. Toda su vida había transcurrido ahí. Pero no pudo distinguir la suya, o no se tomó el trabajo de buscarla. La vida de los hombres se desarrollaba en esa clase de ciudades, y podía transcurrir una vida entera sin que salieran de ella (Kant nunca había salido de Kónigsberg) e incluso sin mirarla desde tan alto (Kant, como es obvio, nunca había volado en avión).

De inmediato, en una especie de quietud móvil que no había experimentado antes, otra aldea, igual a la suya…

¿O ésta era la suya? ¿O ninguna de las dos? Y una tercera, y la cuarta, como puñados de piedrecitas arrojados al azar en las praderas. Y entre ellas el Qu, en el que demoró largamente la mirada. Tal como le habían dicho innumerables veces los viejos, el curso original del río había desaparecido con los distintos trabajos hidráulicos. Pero ese curso original en realidad no lo era tanto, porque ya desde época inmemorial el Qu había sido puesto al servicio de los cultivos de la Hosa. Le parecía en cierto modo que estaba mirando algo así como su propia obra, un dibujo que él había venido haciendo lentamente, sin proponérselo, a lo largo de los años. Y si hubiera pensado alguna vez, durante esos años, que la línea terminaría formando un dibujo inteligible, ahora podía comprobar que no era así.

Después del río, otros objetos se dieron a ver, mucho más intratables: las montañas. Las montañas Verdes se veían verdes a la luz del mediodía de verano, pero más aún se veían sólidas, grandes como un vuelo que otro hubiera hecho antes que él. Se dijo que en el caso de haber tenido ese panorama ante la vista durante largo tiempo podría haber llegado a entender la pasión estética de los occidentales por las montañas: vistas desde abajo, eran una grandeza que colmaba nuestra necedad; desde arriba, eran lo necio materializado colmando la grandeza de nuestros sueños. En cualquier sentido, sugerían lo real. Aunque en su vida, qué curioso, habían sugerido quizás otra cosa.

Considerado todo lo cual, el viaje en avión se le ocurría una forma primitiva de la pintura, incluso una forma previa de la pintura, que casualmente había sucedido después. Al mismo tiempo, confirmaba lo que siempre había pensado de los mapas, esa inutilidad que derivaban de la visión perpendicular, con la que todo se volvía igual. Que el hombre lograra llegar a esa forma de visión en algún momento de su vida no significaba nada especial: él mismo podría no haber viajado nunca en avión, de no haber sido por la invitación del Partido, y el ingreso de Yin en la universidad. No, definitivamente la pintura estaba en un alba lejana respecto de la mirada del hombre. Era extraordinariamente inactual. La ciencia del futuro, para la cual era inevitable saltar el presente. Había más bien que retroceder en la historia para hallar algo que explicara su advenimiento en el porvenir; si la pintura era el procedimiento opuesto a la cartografía, sería preciso remontarse a aquellos reinos combatientes en los que todavía, por ausencia de paz, no se suponía que pudiera haber relatos de guerras, sino sólo el fragor del combate en el que no hay punto de vista posible, apenas el giro y el espanto de evitar la muerte prematura. En ese caso, ¡qué pérdida de tiempo era viajar en avión!