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Ambos fueron a recoger su equipo de viaje con Isobel y revisaron los requisitos de papeleo con ella. Cuando Lewis fue al baño, tuve un momento para susurrar al oído de Nina.

– Llevas una “langosta” en el camión.

Con ojos dilatados, preguntó:

– ¿Cómo lo sabes?

– La vi llegar alrededor de las cinco de la madrugada.

– De manera que por eso…

Lewis reapareció y señaló que si querían tomar el transbordador, sería mejor que se pusieran ya en marcha.

– Llamen a casa -aconsejé.

– ¡Claro! -asintió él sin dificultad. Condujo el camión hacia la salida, parecía como si nada en el mundo lo preocupara. Esperé en Dios que Nina regresara a salvo.

Desde el punto de vista del negocio, ése no era un día abrumadoramente ocupado, pero los policías vestidos de civil llegaron con ojos penetrantes a hacerse cargo del lugar antes de las nueve.

Instalaron su cuarto de entrevistas en mi oficina. Despojado de mi lugar de labores, fui a sentarme con Isobel a verla trabajar.

Sandy llegó en su patrulla. Llevaba puesto su uniforme y todavía se sentía confuso acerca de sus lealtades.

– Diles acerca de los recipientes -espetó-. Yo no lo hice.

– Gracias, Sandy.

En todo caso, sus colegas habían averiguado lo de los recipientes porque el dueño de la taberna ya se los había dicho y quisieron inspeccionarlos. Estuve de acuerdo, aunque les informé que Phil no regresaría sino hasta la noche.

Isobel dijo, por su parte, que Lewis había llegado a buena hora para tomar el transbordador, y que ya estaba en Francia. Metafóricamente, me mordí las uñas.

La policía entrevistó a todos los que se encontraban al alcance de su mano y pasó algún tiempo deslizándose dentro y fuera de los camiones. Cuando Phil volvió, retiraron el tubo y se lo llevaron para examinarlo.

Conduje a casa. El pequeño helicóptero había desaparecido. Mi pobre automóvil aplastado se había quedado solo, en espera de la grúa que iba a llegar por la mañana. Le di unas palmadas. Fue tonto, en realidad. Era el final de gran parte de mi vida. No había opción, tuve que decir adiós.

Me acosté temprano, pero estaba inquieto.

Por la mañana Lewis le avisó a Isobel que ya habían cruzado el túnel del Mont Blanc y que recogerían al potro antes del mediodía. Dejé de morderme las uñas sólo metafóricamente.

Al mediodía, Lewis reportó que el potro de Benyi Usher era incontrolable.

– No voy a llevarlo -advirtió-. Es un animal salvaje. Va a dañar el camión. Tendrá que quedarse aquí.

– Déjame hablar con Nina -pedí.

Ella se puso al teléfono.

– El potro está muy asustado. No deja de echarse y de lanzar coces. Dame una hora.

– Muy bien -me senté a ver el reloj.

Después de una hora, Lewis volvió a telefonear.

– Nina considera que el potro sufre de claustrofobia. Enloquece si tratamos de encerrarlo en un solo establo. Ya lo calmó, pero se encuentra suelto en el corral grande, como el que disponemos para transportar a una yegua con su potrillo. Nina abrió las ventanas. ¿Qué opinas?

– Es tu decisión -repuse.

– Muy bien. Voy a intentarlo -parecía indeciso-. Pero si vuelve a ponerse como loco, voy a tener que cancelar el viaje.

– Me parece bien.

Esperé. Transcurrió otra hora.

– Ya deben estar en camino -comentó Isobel, despreocupada. Una hora más. No teníamos noticias.

– Voy a ver a Michael Watermead -le avisé a Isobel-. Llama al teléfono portátil del auto si Lewis se reporta.

Ella asintió con la cabeza y me dirigí en la camioneta a la casa de Michael, al tiempo que trataba de discernir la mejor manera de informarle algo que no iba a querer escuchar.

Se sorprendió al verme.

– ¡Hola! -saludó-. ¿Qué se te ofrece? Pasa.

Me llevó a una sala pequeña y confortable, no al salón grande e imponente en el que se servían los cócteles de champaña durante las comidas de los domingos. Había estado leyendo el periódico, que se encontraba desparramado en el sillón cercano. Lo juntó de manera brusca para hacer un espacio a fin de que me sentara.

– Maudie salió -con un ademán me invitó a tomar asiento era evidente que Michael esperaba que yo iniciara la conversación. Por dónde empezar, ése era el problema.

– ¿Recuerdas al hombre que murió en uno de mis camiones? No quisiera molestarle con este asunto, pero es algo que necesito aclarar ahora.

– Continúa entonces -no se escuchaba nervioso, simplemente interesado.

Le conté que el encuentro de Dave con Ogden no había sido casual, sino obra de algún arreglo previo. Michael frunció el entrecejo. Le expliqué acerca de la bolsa que contenía el termo que hallé en el camión la noche siguiente y le enseñé los últimos dos tubos que estaban en el termo.

– ¿Qué contienen? -preguntó con curiosidad.

– Un medio de transporte viral -repliqué con resignación-. Sirven para transportar un virus de un lugar a otro.

– ¡Virus…! -estaba muy impresionado-. ¿Dijiste virus?

Virus, para todos los entrenadores, quería decir el virus, la temida infección respiratoria que hacía que los caballos tosieran y tuvieran catarro. El virus poseía el poder de dejar a cualquier caballeriza sin campeones por más de un año.

Michael me devolvió los tubos como si lo hubieran picado.

– Llegaron de Pontefract -le informé-. De Yorkshire.

Clavó la mirada.

– En esa región tienen el virus. Dos o tres cuadras padecen del mal -parecía preocupado-. No has mezclado a ninguno de mis caballos con los que vienen del norte, ¿verdad? Porque si es así…

– No -afirmé con toda seguridad-. Tus caballos siempre han viajado solos.

Se tranquilizó un poco.

– Así lo pensé -miraba los tubos como si fueran serpientes-. ¿Por qué me dices esto?

– Porque si el hombre que viajó gratuitamente no hubiera muerto, el virus que contenían estos tubos podría haberse abierto paso hasta la última potranca de la cuadra de Jericho Rich, precisamente el último día de la transferencia a Newmarket.

Lo meditó.

– ¿Pero, por qué? -preguntó-. Eso es criminal.

– Para vengarse de Jericho Rich.

– ¡Oh, no! -protestó, se puso de pie bruscamente y se alejó a zancadas as de mí. Su enojo era manifiesto-. Yo nunca, por nada, haría algo así.

– Yo sé que tú no…

Se puso furioso.

– ¿Entonces quién?

– Mmm… Creo que podrías preguntarle a Tessa.

– ¡Tessa! -su ira iba en aumento, en contra mía, no contra su joven hija-. ¡Es un disparate de cabo a rabo, Freddie! Ella no sabría cómo hacerlo.

– Me gustaría que le preguntaras -repliqué razonablemente-. ¿Está en casa?

Consultó su reloj.

– Debe estar por llegar en cualquier momento -vaciló, y después me indicó-. Si quieres, puedes esperarla.

Aguardamos. Michael trató de leer el diario y lo dejó caer, enojado, no podía concentrarse.

– ¡Tonterías! -murmuró, refiriéndose a lo que yo le había comentado acerca de Tessa-. ¡Es absurdo!

Su hija regresó, venía cargada con varias bolsas de boutiques. Se asomó por la sala al pasar. Tenía el cabello color castaño, y los ojos claros que parecían perpetuamente malhumorados. Me miró con displicencia.

– Pasa, Tessa -ordenó su padre-. Cierra la puerta.

Frunció el entrecejo de manera poco graciosa y obedeció.

– Muy bien, Freddie -observó su padre-. Pregúntale.

– ¿Preguntarme qué? -estaba molesta, pero no asustada.

– ¿Hiciste los arreglos para que alguien trajera a Pixhill unos tubos que contenían un virus?

La chica dejó de golpear impaciente las bolsas de sus compras y se quedó inmóvil por la impresión. El rostro se le puso tenso, abrió la boca, la mirada parecía cautelosa. Incluso para Michael era evidente que ella sabía de qué le estaba hablando.

– Tessa -dijo con desesperación.

– ¿Y qué con eso? -preguntó desafiante-. Los tubos nunca llegaron. ¡Qué importa!

Volví a sacar de mi bolsillo los dos tubos y los coloqué sobre la mesa. Los miró distraídamente, después entendió lo que eran. "Un mal momento para ella", pensé.