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Pero ya es hora de jugar a cosas más interesantes, ¿no crees, Raquel?

Ignoraba quién (o qué) era su verdadero torturador, pero le temía. El niño se recostó a su lado. La muchacha tomó su pequeña mano y la mantuvo apretada largo rato, en silencio, sintiendo que el calor y la fuerza de su hijo penetraban en ella como inoculados en su sangre. Levantó la cabeza y sonrió. El niño le devolvió la sonrisa haciéndola parpadear como si hubiera recibido una luz.

Por un instante permanecieron inmóviles unidos por aquel débil vínculo de sus manos entrelazadas, y la muchacha sintió que no estaba sola. Contemplando la carita triste y pálida que la miraba, supo que lucharía con todas sus fuerzas, fuera cual fuese la amenaza. Había llegado hasta allí con su pequeño, y así seguiría. Decidió que resistirían. Nadie volvería a hacerles daño.

En ese instante llamaron a la puerta. Pensó que sería la cena. Se incorporó, se apartó el pelo de la cara.

– ¿Sí?

Volvieron a llamar.

– ¿Quién es?

Los golpes cesaron, pero nadie respondió.

No abras.

Había anochecido. El frío y la oscuridad se habían hecho más amplios. La muchacha se levantó de la cama sin dejar de mirar hacia la puerta. El niño, tenso como un arco, se abrazó a su cintura.

Lo que más temor le producía era aquel silencio. Pensó en cualquier posibilidad, incluso que fuera la policía. Pero, fuera quien fuese, ¿por qué no respondían?

– ¿Quién es, por favor? -exclamó, a punto de llorar.

No abras. No abras.

Entonces, la puerta

la noche

se abrió.

Lenta y limpiamente, sin un ruido, como si se tratase de una hoja de papel. La muchacha y el niño contemplaron con ojos dilatados el oscuro umbral.

No había nadie.

Quiere asustarnos.

Tragó saliva. El tiempo se hizo eterno. Por fin encontró valor para moverse. Sin dejar de abrazar a su hijo, se acercó al umbral. Su corazón latía con fuerza. Contempló el pasillo, las escaleras, las puertas de las demás habitaciones.

Nadie. Todo estaba a oscuras.

la noche era completa

Pensó que quizá podía tratarse de un error: alguien había llamado a la habitación equivocada y luego se había marchado al darse cuenta. Y la puerta, probablemente, había estado abierta desde el principio y, con los golpes, se había desplazado. Volvió a cerrarla y encajó el pestillo. El niño seguía tenso. Intentó calmarlo abrazándolo con fuerza.

– Todo está bien -le susurró-. Todo está bien.

La noche era completa. Solo las luces del coche la interrumpían pintando paredes recubiertas de hollín, ventanas de cristales rotos y una verja metálica. Era un viejo almacén textil abandonado en una comarcal del sur, sin duda destinado a la demolición, quizá porque, tiempo atrás, había sufrido un incendio. No había tardado en encontrarlo. Estacionó junto a la verja y salió del coche.

Una oscuridad de borracho llenaba el mundo, una tiniebla torpe y adormecedora atravesada por la uña plateada de una débil tajada de luna. No había rastro de luces o construcciones en las proximidades. Un solo automóvil desfiló por la carretera cuando él bajó del suyo, como si hubiese venido siguiéndolo. Rulfo lo miró, pero el vehículo continuó su camino cegándolo momentáneamente.

La verja estaba cerrada con una cadena. Un cartel proclamaba prohibiciones, pero a él ya no le preocupaba infringir la ley. Regresó al coche, lo acercó a la verja todo lo que pudo, trepó al capó, maniobró para pasar por encima sin apoyarse demasiado en los alambres, buscó asidero con el pie y descendió por el otro lado agarrándose a los rombos de metal.

Había estado bebiendo durante un buen rato antes de salir de casa. Se había servido dosis crecientes de whisky mezclándolo con cantidades paralelas de agua, con el fin de trasegarlo deprisa sin sentirse frenado por el inevitable ardor. Ahora se encontraba lo bastante borracho para admitir que sentía bastante miedo. Sus borracheras, como sus miedos, habían sido modestas a lo largo de su vida: esa noche, sin embargo, se alzaban juntos hacia la cumbre. No obstante, se hallaba lúcido, despejado. Era como si en vez de whisky hubiera bebido un anestésico. Se sentía entumecido, no mareado.

La amplia puerta del almacén era metálica y corredera, y produjo un estrépito infernal cuando comenzó a desplazarla.

La última entrada. El último paso. Lasciate.

Por un momento, mientras se esforzaba en abrirla, casi soltó una carcajada. Se había acordado de repente de su madre, luego de Ballesteros. Es decir, el hilo de sus pensamientos había sido: su madre, sus hermanas, la necesidad de que alguien lo protegiera y Ballesteros. Se había educado con mujeres, le gustaban las mujeres, a las mujeres les gustaba él y siempre había mantenido una relación intensa con el sexo femenino. Durante su adolescencia, las citas con chicas habían sido innumerables. Ahora acudía a otra. Pero en este caso no se trataba de una sola sino de trece.

Y pensar en todo eso le había hecho acordarse de Ballesteros. Se preguntó qué diría el bueno y racionalista del médico acerca de lo que le estaba ocurriendo. Qué clase de explicaciones inventaría para esas trece cosas extrañas.

Cuando los ecos oxidados de la puerta terminaron de disiparse, se limpió las manos con un par de palmadas y se detuvo a examinar el lugar a la escasa luz que llegaba del exterior.

Era una nave amplia, polvorienta, dividida en varias secciones por tabiques derruidos, repleta de un inefable olor a ceniza. El sitio menos adecuado para una cita de amor. Pero tampoco muy apropiado para los aquelarres, hubo de admitir.

Empezó a recorrerla sirviéndose de la pared de su derecha como guía. Además de ceniza, flotaba en el aire un hedor a excremento viejo. El sonido de sus pisadas sobre los oscuros escombros le hacía pensar en algo grotesco, surrealista: como si caminara por encima de las camas de una residencia de ancianos pisando pechos de jubilados que se quejaran con estertores. Aunque ni siquiera esto le importó demasiado. El whisky también ayudaba a enfrentarse a los jubilados invisibles.

Decidió detenerse en un punto intermedio. El sitio era grande, y ellas no le habían dicho dónde debía aguardar exactamente. Pensó que cualquier lugar serviría.

Sus pies iniciaron un cuidadoso inventario, delimitando un cuadrilátero apropiado para su trasero: sentarse sobre un excremento no le importaba, pero, pese al whisky, intuyó que finalizar el aquelarre en un centro de urgencias recibiendo puntos en el culo por el corte con un cristal o un alambre sería demasiado. Por fin, se deslizó de espaldas a la pared, se posó en el suelo cuidadosamente y se recostó en el muro. Enseguida le entró pánico pensando que iba a quedarse dormido. Pero no: no se dormiría, pese a su ebriedad. Se encontraba demasiado alerta, demasiado asustado, demasiado niño en la noche de reyes del horror.

Echó un vistazo a la pantalla fosforescente de su reloj. Dentro de treinta y cinco minutos serían las doce. Y habría trece.

La sombra llegó caminando sigilosamente. Observó el coche de Rulfo aparcado junto a la verja y dedujo la forma en que había entrado.

Se acercó al coche y subió al capó.

¿Cómo aparecerán? ¿En escobas? ¿En limusinas? ¿Como gatos? ¿Como ratas?

Con la mano izquierda palpó la imago en el bolsillo de su sucia chaqueta. Repasó el plan que había esbozado antes de salir: les entregaría la figura a cambio de una especie de pacto para que respetaran su vida y la de sus amigos. Si era cierto que no podían quitársela, entonces disponía de una baza importante que no pensaba desperdiciar.

En ese instante oyó algo. A su izquierda.