Con el medallón como capital inicial, jugaba en diferentes lugares, para no levantar sospechas con sus inusitadas ganancias. Era muy fácil para él, entrenado en trucos de ilusionismo reemplazar una carta por otra o hacerla desaparecer. Además, tenía buena memoria y talento para los números; a los pocos minutos adivinaba el juego de sus oponentes. Así no perdió el medallón y en cambio fue llenando su bolsa; a ese ritmo juntaría en poco tiempo los ocho mil dólares americanos del rescate.

Sabía medirse. Comenzaba perdiendo, para poner en confianza a los otros jugadores, luego fijaba una hora de terminar el juego y enseguida comenzaba a ganar. Nunca se excedía. Apenas los otros hombres se ponían quisquillosos, se iba a otro local.

Un día, sin embargo, la suerte lo favoreció tanto, que no quiso retirarse y siguió apostando. Sus oponentes habían bebido mucho y apenas lograban enfocarse en la baraja, pero les alcanzaba la cordura para darse cuenta de que Diego hacía trampas. Pronto se armó una trifulca y terminaron en la calle, después de sacar al joven a empujones, con la justificada intención de destrozarlo a golpes.

Apenas Diego logró hacerse oír por encima del griterío, los desafió con una propuesta original.

– ¡Un momento, señores! Estoy dispuesto a devolver el dinero, que he ganado honestamente, a quien sea capaz de romper a cabezazos aquella puerta -anunció, señalando el portón de gruesa madera con remaches metálicos del presbiterio, un edificio colonial que se alzaba al lado de la catedral.

Eso captó de inmediato la atención de los borrachines. Estaban discutiendo los términos de la competencia, cuando apareció un sargento, quien en vez de poner orden se instaló a observar la escena. Le pidieron que hiciera de juez y él aceptó de buen talante, salieron músicos de varios locales y se pusieron a tocar alegres canciones; en pocos minutos la plaza se llenó de curiosos. Empezaba a oscurecer y el sargento hizo encender faroles.

A los jugadores se unieron otros hombres, que iban pasando y quisieron participar en aquel novedoso deporte, la idea de romper una puerta con el cráneo les parecía sumamente divertida. Diego decidió que los «testadura» debían pagar cinco dólares cada uno para entrar en el juego. El sargento recogió cuarenta y cinco en un santiamén y enseguida dispuso el orden de la fila.

Los músicos improvisaron un redoble de tambores y el primer sujeto se lanzó al trote contra la puerta del presbiterio, con una bufanda amarrada en la cabeza. El golpe lo dejó patitieso en el suelo. Una salva de aplausos, rechiflas y carcajadas acogió la proeza. Un par de bellas criollas se acercaron solícitas a socorrer al caído con un vaso de horchata, mientras el segundo de la fila aprovechaba su oportunidad de partirse la cabeza, sin mejores resultados que el primero. Algunos participantes se arrepintieron a última hora, pero no se les devolvieron sus cinco dólares. Al final ninguno consiguió romper la puerta y Diego se quedó con el dinero ganado en la mesa de juego, más treinta y cinco dólares de la colecta. El sargento recibió diez por sus molestias y todo el mundo quedó feliz.

Trajeron a los esclavos a la propiedad de Laffite por la noche. Los desembarcaron sigilosamente en la playa y los encerraron en un galpón de madera; eran cinco hombres jóvenes y dos de más edad, también dos muchachas y una mujer con un niño de unos seis años, aferrado a sus piernas, y otro de pocos meses en brazos. Isabel había salido a refrescarse en la terraza y percibió las siluetas que se movían en la noche, alumbradas por algunas antorchas. Sin poder resistir la curiosidad, se aproximó y vio de cerca a esa fila de patéticos seres humanos en andrajos. Las muchachas lloraban, pero la madre caminaba en silencio, con la vista fija, como un zombi; todos arrastraban los pies, extenuados y hambrientos. Iban vigilados por varios piratas armados al mando de Pierre Laffite, quien dejó la «mercadería» en el galpón y enseguida fue a dar cuenta a su hermano Jean, mientras Isabel corría a contarles lo que había visto a Diego, Juliana y Nuria. Diego había visto los anuncios en la ciudad, sabía que dentro de un par de días habría un remate de esclavos en el Templo.

En Barataría los amigos habían tenido tiempo sobrado de informarse sobre la esclavitud. No se podían traer esclavos de África pero igual se vendían y «criaban» en América. El primer impulso de Diego fue tratar de ponerlos en libertad, pero sus amigas le hicieron ver que aunque pudiera entrar al galpón, romper las cadenas y convencer a esa gente de que escapara, no tendrían adonde ir. Les darían caza con perros.

Su única esperanza sería llegar a Canadá pero jamás podrían hacerlo solos. Diego decidió averiguar por lo menos las condiciones en que se hallaban los prisioneros. Sin decirles lo que pensaba hacer, se despidió de sus amigas, se puso su disfraz de Zorro y, aprovechando la oscuridad, salió de la casa.

En la terraza estaban los hermanos Laffite, Pierre con un vaso de licor en la mano y Jean fumando, pero no podía acercarse para oírlos sin correr el riesgo de ser descubierto, así es que siguió hasta el galpón. La luz de una antorcha iluminaba a un solo pirata montando guardia con un mosquete al hombro. Se aproximó con la idea de pillarlo por sorpresa, pero el sorprendido fue él, porque otro hombre surgió de súbito a su espalda.

– Buenas noches, boss -saludó.

Diego dio media vuelta y lo enfrentó, listo para batirse, pero el sujeto tenía una actitud relajada y amable. Entonces se dio cuenta de que en la oscuridad lo había confundido con Jean Laffite, quien siempre se vestía de negro. El otro pirata se acercó también.

– Les dimos de comer y están descansando, boss. Mañana los lavaremos y les daremos ropa. Están en buenas condiciones, menos el bebé, que tiene fiebre. No creo que dure mucho.

– Abran la puerta, quiero verlos -dijo Diego en francés, imitando el tono del corsario.

Mantuvo la cara en la sombra mientras abrían la tranca de la puerta, precaución inútil, porque los piratas nada sospechaban. Les ordenó que aguardaran afuera y entró.

En el galpón había un farol colgado en un rincón que ofrecía una luz débil pero suficiente para distinguir cada uno de esos rostros que lo miraban en silencio, aterrorizados. Todos, menos el niño y el bebé, tenían argollas de hierro al cuello y cadenas fijas a unos postes. Diego se acercó con gestos tranquilizadores, pero al ver la máscara los esclavos creyeron hallarse frente a un demonio y se encogieron hasta donde permitían las cadenas.

Fue inútil tratar de comunicarse con ellos, no le entendían. Comprendió que habían llegado recién de África, se trataba de «mercadería fresca»; como decían los negreros, no habían tenido oportunidad de aprender la lengua de sus captores. Posiblemente los habían llevado a Cuba, donde los hermanos Laffite los habían comprado para revenderlos en Nueva Orleáns. Habían sobrevivido al viaje por mar en horribles condiciones y soportado maltratos en tierra. ¿Serían de la misma aldea, de la misma familia? En el remate serían separados y ya no volverían a verse. Los sufrimientos les habían quebrado el espíritu, tenían una expresión enloquecida. Diego los dejó con una opresión insoportable en el corazón.

Una vez antes, en California, había sentido esa misma lápida aplastándole el pecho, cuando Bernardo y él presenciaron cómo los soldados atacaban una aldea de indios. Recordaba la sensación de impotencia que tuvo entonces, idéntica a la que lo agobiaba en ese momento.

Regresó a la casa de Laffite, se cambió de ropa y se reunió con las niñas De Romeu y Nuria para comunicarles lo que había visto. Estaba desesperado.

– ¿Cuánto cuestan esos esclavos, Diego? -preguntó Juliana.

– No lo sé exactamente, pero he visto las listas de remates en Nueva Orleáns y a ojo calculo que los Laffite pueden obtener mil dólares por cada hombre joven, ochocientos por los otros dos, seiscientos por cada una de las muchachas y más o menos mil por la madre y sus hijos. No sé si pueden vender a los niños separadamente, son menores de siete años.

– ¿Cuánto sería el total?

– Digamos que alrededor de ocho mil ochocientos dólares.

– Es muy poco más de lo que piden por nuestro rescate.

– No veo la relación -dijo Diego.

– Tenemos dinero. Isabel, Nuria y yo hemos decidido usarlo para comprar a esos esclavos -dijo Juliana.

– ¿Tenéis dinero? -preguntó Diego, sorprendido.

– Las piedras preciosas, ¿no te acuerdas?

– ¡Pensé que los piratas os las habían quitado!

Juliana e Isabel le explicaron la forma en que habían salvado su modesta fortuna. Mientras navegaban en el barco de los corsarios, Nuria tuvo la brillante idea de esconder las piedras, porque si sus captores sospechaban su existencia, las perderían para siempre. Se las tragaron una por una con sorbos de vino. Más temprano que tarde, los diamantes, rubíes y esmeraldas salieron intactos por el otro extremo del tubo digestivo, sólo tuvieron que estar atentas al contenido de las bacinillas para recuperarlos. No fue una solución agradable, pero había funcionado y ahora las piedras, bien lavadas, estaban otra vez cosidas en los refajos.

– ¡Con eso podéis comprar vuestro rescate! -exclamó Diego.

– Cierto, pero preferimos poner en libertad a los esclavos, porque aunque el dinero de tu padre nunca llegue, sabemos que tú vas a ganarlo con trampas -replicó Isabel.

Jean Laffite estaba sentado en la terraza, con una taza de café y un plato de beignets, sabrosos buñuelos franceses, anotando cifras en su libro de cuentas, cuando Juliana se presentó con un pañuelo amarrado por las cuatro puntas y lo colocó sobre la mesa. El corsario levantó la vista y una vez más su corazón dio un brinco ante esa joven, que lo había acompañado en sus sueños durante cada noche. Desató el paquete y no logró contener una exclamación.

– ¿Cuánto cree que vale esto? -preguntó ella, con las mejillas arreboladas, y procedió a proponerle el negocio que tenía en mente.

Para el corsario la primera sorpresa fue descubrir que las hermanas habían sido capaces de esconder las piedras; la segunda, que las destinaran a comprar a los esclavos en vez de su propia libertad. ¿Qué dirían Pierre y los otros capitanes de esto? Lo único que deseaba era borrar la mala impresión que la piratería y ahora los esclavos habían causado en Juliana. Por primera vez se sentía avergonzado de sus acciones, indigno. No pretendía ganar el amor de esa joven, porque él mismo no era libre para ofrecerle el suyo, pero necesitaba por lo menos su respeto. El dinero no le importaba un bledo en este caso, podía recuperarlo, y además tenía más que suficiente para tapar la boca de sus socios.