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Si bien no he podido encontrar la mansión del Lago, dado que Erik condenó definitivamente todas sus entradas secretas (y, con todo, estoy seguro de que sería fácil penetrar si se procediera al desecamiento del lago, como ya he pedido varias veces a la administración de Bellas Artes), [38] encontré, eso sí, el corredor secreto de los

comuneros, cuya pared de tablas está en ruinas en algunos puntos. He dado también con la trampilla por la que el Persa y Raoul bajaron a los sótanos del teatro. He descifrado, en el calabozo de los comuneros, muchas iniciales trazadas en las paredes por los desgraciados que estuvieron encerrados allí, y, entre esas iniciales, una R y una C. ¿R C? ¿Esto no es significativo? Raoul de Chagny. Aún hoy las letras son muy visibles. Evidentemente, no me detuve allí. En el primer y tercer sótanos hice funcionar dos trampillas de sistema giratorio, absolutamente desconocidas de los tramoyistas, que no usan más que trampillas de deslizamiento horizontal.

Por último, puedo decir, con pleno conocimiento del caso, al lector: «Visite un día la Opera, pida permiso para pasear en paz, sin estúpidos cicerones, entre en el palco n° 5 y golpee contra la enorme columna que separa a este palco de la platea. Golpee con su bastón o con el puño, y escuche… a la altura de su cabeza: ¡la columna suena a hueco! Después de esto, no se extrañe de que la columna pueda estar habitada por la voz del fantasma. Hay, en esa columna, espacio para dos hombres. Si se extrañan de que después de los fenómenos del palco n° 5 nadie pensara en aquella columna, no olviden que ofrece un aspecto de mármol macizo, y que la voz que estaba encerrada parecía venir más bien del lado opuesto (ya que la voz del fantasma ventrílocuo venía de donde quería). La columna fue labrada, esculpida, vaciada y vuelta a vaciar por el cincel del artista. No desespero de descubrir un día el trozo de escultura que debía bajarse y levantarse a voluntad, para dejar un libre y misterioso pasaje a la correspondencia del fantasma con la señora Giry, y a sus propinas. En realidad, todo esto, que vi, sentí, y palpé, no es nada comparado a lo que un ser grande y extraordinario como Erik debió crear en el misterio de un monumento como el de la ópera, pero cambiaría todos estos descubrimientos por el que pude realizar, ante el mismo administrador, en el despacho del director, a pocos centímetros del sillón: una trampilla, de la longitud de una baldosa, de la longitud de un antebrazo, no más… Una trampilla que se abate como la tapadera de un cofre, una trampilla por la que veo aparecer a una mano, que trabaja con destreza en el faldón de un frac…

¡Por allí desaparecieron los cuarenta mil francos!… También por allí, y gracias a algún truco, habían vuelto…»

Cuando le hablé de eso, con emoción bien comprensible, al Persa, le dije:

– Entonces, Erik se limitaba a divertirse -ya que los cuarenta mil francos fueron devueltos- haciendo bromitas con su pliego de condiciones…,

Él me contestó:

– ¡No lo crea usted!… Erik tenía necesidad de dinero. Creyéndose fuera de la humanidad, no se veía coaccionado por escrúpulos y se servía de sus extraordinarias dotes de destreza e imaginación, que había recibido de la naturaleza en compensación de su horrible fealdad, para explotar a los humanos y algunas veces de la forma más artística del mundo, ya que el truco valía a menudo su peso en oro. Si devolvió los cuarenta mil francos, por su propia voluntad, a los señores Richard y Moncharmin, es porque en el momento de la restitución no los necesitaba. Había renunciado a su boda con Christine Daaé. Había renunciado a todas las cosas existentes en la superficie de la tierra.

Según el Persa, Erik era originario de una pequeña ciudad de los alrededores de Ruán. Era el hijo de un maestro de obras. Había huido muy pronto del domicilio paterno, donde su fealdad era motivo de horror y de espanto para sus padres. Por algún tiempo, se había exhibido en las ferias, donde su empresario le presentaba como el «muerto viviente». Debe haber atravesado Europa entera, de feria en feria, y completado su extraña educación de artista y de mago en la misma fuente del arte de la magia, entre los zíngaros. Toda una época de la existencia de Erik permanecía bastante oscura. Volvemos a encontrarlo en la feria de Nizhny Novgorod, donde actuaba en toda su espantosa gloria. Cantaba ya como nadie en el mundo ha cantado jamás. Hacía el ventrílocuo y se entregaba a números extraordinarios, de los que las caravanas, a su regreso a Asia, hablaban aún durante todo el camino. De este modo su reputación atravesó los muros del palacio de Mazenderan, donde la pequeña sultana, favorita del sha-in-sha [39], se aburría. Un mercader de pieles, que iba a Samarkanda y que volvía de Nizhny Novgorod, explicó los milagros que había visto bajo la tienda de Erik. El mercader fue llamado al palacio y el daroga de Mazenderan tuvo que interrogarlo. Después, el daroga fue encargado de buscar a Erik. Lo condujo a Persia, donde durante unos meses, como se dice en Europa, hizo y deshizo. Cometió pues una cantidad de horrores, ya que parecía no conocer el bien ni el mal, y cooperó en algunos hermosos asesinatos políticos con la misma tranquilidad con la que combatió mediante invenciones diabólicas, con el emir de Afganistán, que estaba en guerra con el Imperio. El sha-in-sha le cobró afecto. Fue cuando aparecieron las horas rosas de Mazenderan, de las que el relato del daroga nos ha dado una idea. Como Erik tenía de arquitectura ideas absolutamente personales y concebía un palacio al igual que un prestidigitador concibe una caja de sorpresas, el sha-in-sha le encargó un edificio de este tipo, que él proyectó y realizó y que era, al parecer, tan ingenioso que su majestad podía pasearse por todas partes sin que le vieran y desaparecer sin que nadie pudiera decir por qué artificio. Cuando el sha-in-sha se vio dueño de semejante joya, ordenó, como ya lo había hecho cierto zar con el genial arquitecto de una iglesia de la plaza Roja, en Moscú, que le sacaran los ojos a Erik. Pero luego pensó que, incluso ciego, Erik podía construir para otro soberano una mansión tan bella y misteriosa como la suya, y que, a fin de cuentas, mientras viviera Erik alguien conocería siempre el secreto del maravilloso palacio. Decidió, pues, dar muerte a Erik, así como a todos los obreros que habían trabajado a sus órdenes. El daroga de Mazenderan fue encargado de la ejecución de esa orden abominable. Erik le había prestado algunos servicios y lo había hecho reír mucho en varias ocasiones. Así que el daroga lo salvó, facilitándole la huida. Pero estuvo a punto de pagar con su cabeza aquella debilidad generosa. Afortunadamente para el daroga, fue encontrado en la orilla del mar Caspio un cadáver medio comido por las aves marinas que se hizo pasar por el de Erik, ayudado por unos amigos suyos que vistieron el cadáver con ropa que había pertenecido al propio Erik. El daroga se vio castigado tan sólo con la pérdida de su cargo, de sus bienes y con la condena al exilio. Sin embargo, como el daroga era de sangre real el Tesoro persa siguió pasándole una pequeña renta de algunos centenares de francos al mes. Fue cuando vino a refugiarse a París.

En cuanto a Erik, había pasado a Asia Menor hacia Constantinopla, donde había entrado al servicio del sultán, Comprenderéis qué tipo de servicios prestó a un soberano que vivía acosado por constantes terrores, sabiendo que Erik fue quien construyó todas las famosas trampillas y cámaras secretas y cajas fuertes misteriosas que se encontraron en Yildiz-Kiosk, tras la última revolución turca. También fue él [40] quien tuvo la idea de fabricar unos autómatas idénticos al príncipe y tan parecidos que lo hacían dudar hasta al propio príncipe, autómatas que hacían creer a los creyentes que su jefe se encontraba en un sitio, despierto, cuando en realidad descansaba en otro sitio.

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[38] Hablaba yo aún, cuarenta y ocho horas antes de la aparición de esta obra, al señor Dujardin-Beaumetz, nuestro simpatiquísimo subsecretario de Bellas Artes, que me ha dejado alguna esperanza, y le decía que es deber del Estado acabar con la leyenda del fantasma para restablecer sobre bases indiscutibles la historia tan curiosa de Erik. Para ello sería indispensable, y sería la culminación de mi trabajo, encontrar la mansión del Lago en la que puede que se encuentren aún auténticos tesoros musicales. No cabe duda de que Erik fue un artista incomparable.?Quién nos dice que no encontraremos en la mansión del Lago la famosa partitura de su Don Juan Triunfante?

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[39] Rey de reyes, título que ostentaba el monarca de Persia.

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[40] Entrevista a Mehemet Alí bey, al día siguiente de la entrada de las tropas de Salónica en Constantinopla, por el enviado especial de Ir Matin.