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– ¿El día en que me vio en su camerino, fue la primera vez que se fijó en mí, Christine?

Ésta no sabe mentir, y dice:

– ¡No! Le había visto ya varias veces en el palco de su hermano. -Y, luego, también en el escenario.

– ¡Lo sospechaba! -dijo Raoul mordiéndose los labios-. pero entonces, ¿por qué, cuando me vio en su camerino, arrodillado, haciéndole recordar que había recogido su chal del mar, por qué me contestó como si no me conociera y se echó a reír?

El tono de estas preguntas es tan brusco, que Christine mira a Raoul asombrada y no le contesta. El mismo joven queda sorprendido de la situación que acaba de provocar en el mismo instante en que había decidido hacer oír a Christine palabras de ternura, amor y sumisión. Un marido, un amante que tiene todos los derechos, no hablaría de distinta manera a su mujer o a su querida si le hubiera ofendido. Pero, irritado de su propia torpeza y encontrándose estúpido, no ve más salida a esta ridícula situación que adopta de mostrarse odioso.

– ¡No me contesta, usted! -exclama, rencoroso y desdichado-. Pues bien, voy a contestar yo por usted. Había en el camerino alguien que le estorbaba, Christine. ¡Alguien en cuya presencia no quería revelar que podía usted interesarse en una persona que no fuera él!…

– Si alguien me molestaba, amigo mío -lo interrumpió Christine con acento glacial-, si alguien me estorbaba aquella noche, debía de ser usted, pues es a usted a quien rechacé.

– Sí… para quedarse con el otro…

– ¿Qué dice usted, señor? -exclama la joven estremeciéndose-… ¿Y de qué otro se trata?

– De aquél a quien usted dijo: «¡Yo no canto más que para usted! ¡Esta noche le he entregado mi alma y estoy muerta!»

Christine ha cogido el brazo de Raoul: lo aprieta con una fuerza insospechada en una criatura tan frágil.

– ¿Entonces escuchaba detrás de la puerta?

– ¡Sí! Porque la amo… Y lo oí todo…

– ¿Oyó qué?

Y la joven, que extrañamente ha vuelto a calmarse, soltó el brazo de Raoul.

– El le dijo: «Es preciso que me ames».

Al oír estas palabras, una palidez cadavérica se extiende por el rostro de Christine, sus ojos se oscurecen… Vacila, está a punto de caer. Raoul se precipita hacia ella, le tiende los brazos, pero ya Christine ha vencido este desfallecimiento pasajero y susurra en voz baja, apenas perceptible:

– ¡Diga! ¡Diga todo! ¡Diga todo lo que oyó!

Raoul la mira, vacila, no comprende nada de lo que pasa.

– ¡Hable ya! ¿No ve que me está haciendo sufrir?

– Oí también lo que él le contestó después de que usted le confesara que le había entregado su alma: «Tu alma es extraordinariamente bella, hija mía, y te lo agradezco. No hubo emperador que recibiese un regalo como éste. ¡Esta noche han llorado los ángeles!»

Christine se ha llevado una mano al corazón. Clava la mirada en Raoul con emoción indescriptible. Es una mirada tan aguda, tan fija, que parece la de alguien que ha perdido el juicio. Raoul está

asustado. Pero de pronto los ojos de Christine se humedecen y por sus mejillas de marfil se deslizan dos perlas, dos pesadas lágrimas…

– ¡Christine!…

– ¡Raoul!…

El joven quiere tomarla en sus brazos, pero ella se desprende de sus manos y huye en la confusión.

Mientras Christine permanecía encerrada en su habitación Raoul se hacía mil reproches por su brutalidad; pero, por otra parte, los celos le recorrían las venas encendidas. ¿Por que había mostrado la joven semejante emoción al saber que habían descubierto su secreto? ¡Tenía que ser muy importante! A pesar de lo que había oído, Raoul no dudaba de la pureza de Christine. Sabía que su conducta era intachable, y no era tan novato como para no comprender que una artista está a veces obligada a oír proposiciones amorosas. Lo cierto es que Christine había contestado que le había entregado su alma, pero era evidente que se refería tan sólo al canto y la música. ¿Evidente? ¿Entonces, por qué esa turbación hacía un momento! ¡Dios mío, qué desgraciado era Raoul! Si hubiera podido atrapar al hombre, la voz de hombre, le hubiera pedido explicaciones concretas.

¿Por qué había huido Christine? ¿Por qué no bajaba?

Rechazó el desayuno. Estaba abatido y su dolor era grande al ver desvanecerse, lejos de la joven sueca, aquellas horas que había imaginado tan dulces. ¿Por que no venía a recorrer con él la región que encerraba tantos recuerdos comunes? ¿Por qué, ya que parecía no tener nada que hacer en Perros y de hecho no hacía nada, no volvía inmediatamente a París? Se había enterado de que por la mañana había hecho celebrar una misa por el descanso del alma de su padre y que había pasado largas horas rezando en la pequeña iglesia y en la tumba del músico.

Triste, desalentado, Raoul se dirigió hacia el cementerio que rodeaba la iglesia. Empujó la puerta. Vagó solitario entre las tumbas, descifrando las inscripciones, pero al llegar detrás del ábside vio inmediatamente un esplendoroso ramo de flores que descansaba sobre una lápida de granito y que, desbordándola, caían en la tierra blanca. Llenaban de perfume aquel helado rincón del invierno bretón. Eran milagrosas rosas rojas que parecían brotadas de la nieve, aquella misma mañana. Era un poco de vida entre los muertos, ya que la muerte estaba presente por todas partes. También la vida se desprendía de la tierra que había arrojado su exceso de cadáveres. Esqueletos y calaveras se amontonaban a centenares contra el muro de la iglesia, retenidos únicamente por una fina alambrada que dejaba al descubierto todo el macabro edificio. Las calaveras, apiladas, alineadas como ladrillos, sujetas en los intervalos por huesos fuertes y limpiamente blanqueados, parecían formar el primer asentamiento sobre el que se habían levantado las paredes de la sacristía. La puerta de la sacristía se abría en medio de aquel osario, al igual que en muchas viejas iglesias bretonas.

Raoul rezó por el alma de Daaé, luego, tristemente impresionado por esas sonrisas eternas que tienen las bocas de las calaveras, salió del cementerio, subió la colina y se sentó al borde de la landa que domina el mar. El viento se agitaba malignamente por los arenales, aullando bajo la pobre y tímida luz del día. Ésta fue cediendo, desapareció y se convirtió tan sólo en una raya lívida en el horizonte. Entonces, el viento calló. Había llegado la noche. Raoul se encontraba cercado por sombras heladas, pero no sentía el frío. Todo su pensamiento vagaba por la colina desierta y deso- lada, toda recuerdos. Allí, en aquel lugar, había venido a menudo a la caída de la tarde con la pequeña Christine para ver danzar a las korrigans en el momento preciso en que salía la luna. Por lo que a él se refiere, jamás las había visto, sin embargo tenía buena vista. Pero Christine, aún siendo un poco miope, pretendía haber visto a muchas. Sonrió a este recuerdo y, luego, de repente, se estremeció. Una silueta, una silueta muy concreta, pero que había llegado hasta allí sin que ningún ruido la anunciara, una silueta de pie, a su lado, decía:

– ¿Cree que las korrigans vendrán esta noche?

Era Christine. Él quiso hablar. Ella le tapó la boca con su mano enguantada.

– ¡Escúcheme, Raoul, estoy decidida a decirle algo grave, muy grave!

Su voz temblaba. Él esperó.

Ella volvió a hablar, con algo de ahogo.

– ¿Se acuerda, Raoul, de la leyenda del Ángel de la música?

– ¡Claro que me acuerdo! -dijo él-; me parece incluso que fue aquí donde su padre nos la contó por primera vez.

– Fue también aquí donde me dijo: «Cuando esté en el cielo, te lo enviaré». Pues bien, Raoul, mi padre está en el cielo y yo he recibido la visita del Ángel de la música.

– No lo dudo -contestó el joven con gravedad. Creía que su amiga, en un arrebato piadoso, mezclaba el recuerdo de su padre con el resplandor de su último triunfo.

Christine pareció ligeramente extrañada de la sangre fría con la que el vizconde de Chagny se enteraba de que había recibido la visita del Ángel de la música.