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– Casi pueril -concluyó la detective-. Lo comenté con Abe y también le llamó la atención.

Abe, su compañero, seguía postrado en la cama del hospital.

– ¿Cómo está? -se interesó el teniente.

Mia asintió con entusiasmo.

– Está bien.

Solliday llegó a la conclusión de que, en ese caso, ella también lo estaba, por lo que se alegró.

– Qué suerte.

– ¿Has hablado con los vecinos?

– Sí. Nadie ha visto nada, pero lo cierto es que todos estaban durmiendo o viendo la televisión en sus casas. De repente han oído una sonora explosión. Un vecino ha oído un chirrido de neumáticos poco antes de la explosión y se encuentra bastante afectado. -Reed señaló a un individuo con expresión de horror y conmoción, que se hallaba delante de los congregados-. Se llama Daniel Wright. En la calzada de acceso hay marcas de neumáticos y el coche de la señora Hill ha desaparecido.

– Solicitaré una orden de búsqueda.

– Ya lo he hecho. -Solliday enarcó las cejas al ver que Mia adoptaba una expresión de sorpresa-. Espero que no te moleste.

La detective parpadeó sobresaltada y enseguida se serenó.

– Tranquilo, solo lo decía para cursarla. -Volvió a contemplar las llamas-. El incendio ya está controlado.

– En este caso todo ha sido más rápido porque la primera planta de la casa no se ha incendiado.

– En casa de los Dougherty, el autor quiso quemar la cama del dormitorio del primer piso -apuntó Mitchell-. Parece que aquí es distinto.

Solliday se había planteado lo mismo. Dos bomberos abandonaron la casa.

– Vamos -propuso Reed y caminó hacia el camión junto al cual Larry permanecía de pie con la radio en la mano-. ¿Qué dices?

La expresión de Larry fue severa.

– La mujer está en el interior. Según Mahoney, se parece a la última víctima. No pudimos adentrarnos lo suficiente para sacarla a tiempo. -Miró a Mitchell de arriba abajo-. Y usted, ¿quién es?

– Soy Mia Mitchell, de Homicidios. Supongo que es Larry Fletcher.

La expresión del capitán de bomberos pasó de severa a cautelosa.

– Ni más ni menos. ¿Por qué interviene Homicidios?

La detective miró a Reed con actitud acusadora.

– ¿No le has dicho nada?

Reed esbozó una mueca de contrariedad.

– Le dejé un mensaje en el que le pedía que me llamara.

– ¿Qué querías decirme? -inquirió Larry y Mitchell suspiró.

– La víctima del último incendio estaba muerta antes de que se iniciase el fuego. Es posible que a esta le haya sucedido lo mismo.

Larry mostró cara de preocupación.

– No debería sentirme aliviado, pero lo estoy.

– La naturaleza humana es así -comentó Mia-. No habría podido hacer nada.

– Se lo agradezco. Tal vez esta noche podamos conciliar el sueño. Supongo que queréis hablar con Mahoney y con el chico que está a prueba, que son los que entraron. ¡Eh! ¡Mahoney! ¡Hunter! -llamó a los efectivos-. ¡Venid aquí!

Mahoney y el último bombero en prácticas de la dotación avanzaron hacia ellos, con el equipo completo salvo la mascarilla para respirar, que colgaba de sus cuellos. Ambos estaban agotados y compungidos.

– Llegamos demasiado tarde -explicó Brian Mahoney, ronco a causa del humo-. La mujer está carbonizada, lo mismo que la última víctima.

El bombero en prácticas meneó la cabeza y exclamó con voz grave y horrorizada:

– ¡Dios mío!

Mitchell se adelantó, miró bajo el casco del que estaba en prácticas y preguntó:

– ¿David?

El muchacho se quitó el casco.

– ¡Mia! ¿Qué haces aquí?

– Debería preguntarte lo mismo. Sabía que te habías presentado al examen, pero supuse que aún esperabas destino.

– Hace tres meses que estoy en la dotación ciento setenta y dos. Puesto que estás en el escenario, debemos suponer que se trata de un homicidio y que los incendios se utilizaron para encubrirlos.

– Bien pensado. ¿Conoces a Solliday?

David Hunter se colocó el casco bajo el brazo. Dirigió a Reed la mirada tranquila de sus ojos grises y el teniente se sintió contrariado al estudiar su rostro porque, incluso sucio, el joven era un chico de calendario.

– No, soy David Hunter, el nuevo.

– Yo soy Reed Solliday, de la OFI. Deduzco que vosotros ya os conocéis.

Mitchell sonrió con ironía.

– Exactamente. En el pasado hemos compartido alguna que otra diversión.

La idea de que Mitchell se divirtiera con el novato guaperas despertó la irritación de Reed y el sentimiento fue tan intenso y brusco que se quedó sorprendido. «¡Caramba!» No era asunto suyo que Mitchell y Hunter fuesen amigos. Solo debía ocuparse del incendio.

– Explicadme lo que habéis visto.

– Al principio, nada -reconoció Hunter-. El humo era muy espeso y negro. El rocío no ha tardado en vaporizarse y caer sobre nosotros. Nos hemos movido, hemos registrado los dormitorios y en las camas no hemos encontrado a nadie. Al final nos hemos aproximado a la cocina. -El joven cerró los ojos y tragó saliva de forma compulsiva-. Mia, he estado a punto de tropezar con ella. Estaba…

– Tranquilo. El espectáculo siempre resulta desagradable. ¿Cómo estaba?

Hunter respiró hondo y repuso:

– En posición fetal.

Mahoney se quitó el casco y se secó el sudor de la frente antes de comentar:

– Reed, las llamas han sido bastante altas. Lo carbonizado llega a la altura de los ojos, como en el último caso. También han apartado el horno de la pared.

– ¿Puedes decirme algo de la papelera de la sala? -inquirió el teniente.

– Solo era una papelera metálica llena de hojas de periódico -respondió Mahoney.

– La muchacha que encontramos el sábado murió antes del incendio -intervino Larry-. Probablemente a esta mujer le ocurrió lo mismo.

Mahoney dejó escapar un silbido.

– Gracias por la información. Ayuda saber que ha sido así. ¿Habéis terminado?

Reed miró a Mia y le preguntó:

– ¿Has terminado?

– Sí. David… saluda a tu madre de mi parte -apostilló la detective, pero la sustitución del nombre fue más que evidente.

Hunter sonrió.

– Se lo diré. Ven a vernos.

Mahoney y Hunter se alejaron y Reed relajó los músculos de la mandíbula.

– De momento no puedes entrar -le advirtió a su compañera, molesto con el tono tajante que había empleado-. Las botas que llevas no te protegen del calor.

El teniente se encaminó al todoterreno y Mitchell lo siguió.

– ¿Cuándo entrarán Jack y su equipo?

– Dentro de una hora. Ben y Foster lo harán antes, aunque ya puedes avisar a Unger.

Reed se apoyó en el parachoques para cambiarse el calzado. Mia terminó de hablar por teléfono, se guardó el móvil en el bolsillo, puso los brazos en jarras y se dedicó a contemplarlo. Esa observación, sumada al aire frío y a la cólera que sentía, volvió todavía más torpe al teniente cuando llegó el momento de ajustar el cierre de las botas. Al final Mitchell le golpeó ligeramente los dedos y se encargó de la tarea.

– ¿Siempre eres tan terco a la hora de pedir ayuda? -preguntó Mia.

– ¿Siempre eres tan sensible a los sentimientos de los demás? -espetó Solliday.

Mia levantó de inmediato la cabeza, con los ojos entrecerrados y mirada gélida.

– No. Precisamente por eso la gente prefiere tratar con Abe. Puesto que Abe no está aquí, no te queda más remedio que tratar conmigo. -Mia dejó caer los brazos a los lados del cuerpo y dio varios pasos hacia atrás-. Vamos, Caracol, ya está. Haz el favor de examinar a nuestra víctima, ya que no dispongo del calzado adecuado.

El sarcasmo de la detective lo desarmó.

– Escucha, yo… -Reed se preguntó qué le pasaba. «Solliday, ¿qué haces?»-. Gracias. -Cogió su equipo y echó a andar hacia la casa-. Intenta que alguien mantenga alejada a la gente. Ah, llama al forense.

– Enseguida.

Mia lo vio entrar en casa de Hill, con la linterna en una mano y la caja de chismes en la otra. «Buenos andares -pensó. Otra vez había intervenido sin proponérselo-. Mia, pon manos a la obra».