Hulan y Zai recibieron esta noticia con callado asombro. Ninguno de los dos recordaba ejemplo alguno en el que las fuerzas de la ley y el orden de los dos países hubieran trabajado conjuntamente con éxito. El único esfuerzo conjunto anterior, el caso Goldfish, de infausto recuerdo, había sido un desastre. Los chinos habían arrestado, juzgado y condenado a un hombre, Ding Yao, por tráfico de drogas. La DEA había solicitado que fuera enviado a Estados Unidos para testificar contra los implicados en ese lado del Pacífico. Los americanos habían prometido que nada podía salir mal, pero tan pronto Ding Yao ocupó el estrado pidió asilo político. El juez americano hizo caso omiso de los hechos y adoptó la postura de que el régimen chino era inhumano. No sólo se desestimó el caso contra los traficantes americanos, sino que Ding Yao vivía ahora en Las Vegas. En definitiva, el caso Goldfish había demostrado dos cosas. Una, que era políticamente peligroso mezclarse con los americanos (los agentes chinos que habían trabajado en el caso habían quedado deshonrados y habían perdido sus puestos). En segundo lugar, que los americanos no eran justos ni sinceros. Ahora el viceministro Liu acababa de designar a su hija para trabajar con ellos.
– No es decisión mía -dijo Liu, como si leyera los pensamientos de Hulan-. Se ha tomado a un nivel mucho más alto. No es de mi incumbencia discutir con mis superiores. Además, es quien más experiencia tiene con los extranjeros. Vivió en Estados Unidos. Habla su lengua. Conoce su estilo de vida decadente.
Una vez más, Liu miró sus notas.
– Bien -dijo tras unos instantes de tensión-, la mejor noticia que puedo darle es que esta vez Estados Unidos nos envía a un representante. Veamos… Tengo su nombre por alguna parte. -Liu fingió consultar sus papeles-. David Stark, un ayudante de fiscal.
El viceministro Liu alzó la vista y sonrió a Hulan con aire expectante. Junto a ella, Zai se agitó incómodo en su butaca. Hulan no dijo nada.
– Debemos ayudar a ese americano -prosiguió el viceministro, aún sonriente-. Con ello, ayudaremos también a nuestro compatriota, Guang Mingyun. Pero debo recordarles a ambos cuán importante es que el extranjero no vea nada desagradable.
– Eso es bastante difícil en una investigación por asesinato, ¿ no cree?
El hombre que tenía frente a ella rió.
– Inspectora Liu, ¿necesito recordarle que China tiene costumbres y rituales para tratar a los huéspedes? Use su shigu, su experiencia en la vida. Todos los extranjeros, tanto si se trata de desconocidos, ajenos a una familia, o diablos extranjeros como ese visitante, son potencialmente peligrosos. No demuestre ira ni irritación. Sea humilde, prudente y cortés. -El viceministro se levantó y rodeó la mesa para apoyar torpemente la mano sobre el hombro de Hulan-. Hágale creer que existe un vínculo entre los dos, que le está obligado, que no debería causarle jamás ningún tipo de molestia. Así hemos tratado a los extranjeros durante siglos. Así tratará usted a ese extranjero mientras sea nuestro huésped.
Hulan abandonó el despacho sumida en profundas reflexiones. Dio un respingo cuando notó una mano sobre el brazo, y al alzar los ojos vio que se trataba de Zai, que le hizo señas para que lo siguiera. Zai no se detuvo hasta que llegaron a la escalera de atrás y, una vez allí, miró alrededor para comprobar si había alguien cerca.
– Tu padre siempre ha sido muy bueno para descubrir hechos -dijo.
– Yo estaba pensando justamente lo contrario -replicó ella con una carcajada.
– ¡Piensa, Hulan, piensa! -dijo el jefe de sección Zai con brusquedad-. Debe de conocer muy bien tu dangan para haber descubierto la relación.
– Si, estuve en Estados Iinidos -dijo Hulan tras asentir con aire pensativo-. Sí, el abogado Stark y yo trabajamos en el mismo bufete. Pero mi situación era peculiar en aquella época. No creo que sea un secreto, tío: -Hulan usó el tratamiento para demostrar su respeto por la preocupación de Zai.
– No te has preguntado quién dio el visto bueno a esta cooperación? Tuvo que ser alguien muy poderoso. Quizá proceda del Ministerio de Asuntas Exteriores, quizá del Ministerio de Seguridad del Estado, quizá… No sé…
– Tío -dijo ella, observando el rostro preocupado de su mentor-, aunque la orden procediera del mismísimo Deng, ¿qué me importa? Me ha sido asignado un trabajo. No tengo alternativa.
5
27 a 29 de enero, despacho de Madelaine Prentice.
– Gracias por venir, David -dijo Madeleine Prentice, haciéndole señas de que entrara. Junto a la mesa de Madeleine se hallaba Jack Campbell cruzado de brazos. En un sillón había un hombre pálido y pelirrojo-. David, éste es Patrick O'Kelly, del Departamento de Estado. Patrick, David Stark. -Después de que los dos hombres se estrecharan la mano, Madeleine añadió, a su modo directo y profesional: Patrick, ¿por qué no vamos al grano?
Cuando él abrió la boca, David se sorprendió de ver el brillo de un aparato corrector dental.
– Estoy aquí por el asesinato de Guang Hengiai.
– ¿Qué sabe usted de él?
– Su padre es Guang Mingyun, el sexto hombre más rico de China. Su empresa, China Land and Economics Corporation, acoge una nutrida variedad de negocios con un activo superior a más de mil quinientos millones de dólares. Su fortuna personal ronda los cuatrocientos o quinientos millones de dólares.
Jack dejó escapar un silbido.
O'Kelly dedicó los minutos siguientes a resumir el informe que poseía el Departamento de Estado sobre Guang Mingyun. Por nacimiento estaba destinado a ser obrero en una fábrica de vidrio de provincias, como sus padres, pero su brillante expediente de enseñanza secundaria había atraído la atención de ciertas personas de Pekín, que le habían llevado a la capital para ingresar en la universidad, donde destacó en ingeniería y matemáticas.
– A principios de los ochenta Guang ya era dueño de varias fábricas -explicó O'Kelly-. Pero su gran oportunidad llegó en 1991, cuando cambió quinientos vagones de tren de mercancías chinas por cinco aeroplanos de fabricación rusa. Esta transacción le catapultó de una relativa oscuridad a ser uno de los tiburones del mundo de Los negocios. Desde entonces ha extendido sus actividades a los bienes raíces, el mercado de valores y las telecomunicaciones. Los beneficios obtenidos le han permitido lanzar el Chinese Overseas Bank, un banco de inversiones con sede en Monterey Park y varias sucursales en California.
– Lo conozco -dijo David-. ¿De qué le sirve tener un banco aquí?
– Le proporciona el modo de canalizar fondos desde Estados Unidos a China, sobre todo los que proceden del Chinese Overseas, y permite a los chinos enviar dinero a Estados Unidos, donde la situación política les garantiza la estabilidad y la seguridad bancarias -respondió O'Kelly-. Pero lo que hace diferente a Guang de otros hombres de negocios es que ha aceptado que el cambio en China debe producirse en todo el país y no sólo en la franja costera.
– ¿Perdón?
– Ahí está el meollo de la cuestión -se explicó O'Kelly, asintiendo con cortesía-. La economía China crece espectacularmente a lo largo de la costa: en Shanghai, Guangzhou, Shenzhen y la provincia de Fujian.
– ¿Y en Tianjin? -preguntó Jack Campbell.
– Y en la ciudad de Tianjin -confirmó O'Kelly-. Hay algunas poblaciones en esas zonas donde los ingresos medios son superiores a los de Estados Unidos. Pero si nos adentramos mil quinientos, mil o incluso doscientos kilómetros en el interior del país, encontramos una situación muy distinta.
– ¿No se dedican al cultivo del arroz en el interior?
– A cultivos de todo tipo. Pero los campesinos no ganan más de trescientos cincuenta dólares al año. En China el capitalismo ha creado un cisma económico como no se había conocido hasta ahora. Los problemas que tendrán los chinos a largo plazo son cómo llevar la prosperidad al país entero y, si no lo consiguen, qué harán cuando todos esos campesinos, novecientos millones en total, es decir, una de cada seis personas del planeta, demuestren su descontento. En otras palabras, ¿cómo controlará el gobierno a los pobres, cuando el poder le fue otorgado al gobierno en un principio por los propios campesinos?