Por lo general permitía que nos comportáramos con naturalidad social, y sólo en ocasiones especiales nos indicaba algo más preciso que mostrarnos estudiosos y mantenernos bien despiertos, por ejemplo nos encomendaba realizar un determinado sondeo o sonsacamiento; pero entonces no solía llevarnos a los cuatro o más juntos, sino sólo a los más apropiados para cada trabajo, o incluso nada más que a uno, a mí, a Pérez Nuix, a Mulryan o a Rendel, yo fui a solas con él unas cuantas veces y hasta en un par de viajes al extranjero, pero supongo que eso nos caía a todos de vez en cuando. Sí podía pedirnos que estuviéramos solícitos, o que halagáramos o casi cortejáramos a una persona concreta, nos designaba a Rendel o a mí para esas tareas de coba cuando eran mujeres las que planteaban problemas de aburrimiento y queja (esposas de lastre o amantes de aire, con ellas Mulryan no daba buen rendimiento), a Pérez Nuix o a Jane Treves si había que alegrarle el humor y la vista a uno de esos varones que se deprimen y aun se enfurruñan cuando no hay presencias femeninas en torno a una mesa o en una pista de baile (quiero decir presencias ante las que ellos puedan contonearse con conocimiento previo y tuteo, o el equivalente inglés de esto último).

Una vez me tocó atender y lisonjear a una señora italiana que se despedía de la juventud con excesiva parsimonia y bastante aspaviento y multitud de caprichos menores, o si los tenía también mayores no me cumplió a mí, por suerte, asistir a ellos ni negárselos o satisfacérselos. Era la mujer de un compatriota (suyo) llamado Manoia, con el que Tupra se dedicó a hablar de política y de finanzas en la medida en que pude enterarme de lo que se decían. La verdad es que mi curiosidad era tan escasa que casi nunca lograba interesarme por los asuntos que mi transitorio jefe se trajera entre manos; así, rara vez prestaba atención motu proprio, y aun descubría a menudo, cuando él me la reclamaba, que sus posibles intrigas, encargos, exploraciones o trueques me traían sin cuidado. Quizá porque tampoco estaba jamás muy al tanto, y es difícil involucrarse en lo demasiado troceado y borroso y fuera de nuestra influencia. (Notaba que la joven Pérez Nuix sí seguía mucho más los procedimientos y sus meandros, y que lo procuraba; a Mulryan no le quedaba más remedio que hacerlo, era quien llevaba —según mi impresión, cómo decirlo— la agenda y las cuentas y el inventario de lo irresuelto, de lo aún no domado o no ultimado; en cuanto a Rendel, pronunciarse era aventurado, tendía a permanecer mucho rato en silencio o bien, en cuanto bebía o quizá fumaba —el olor de mi tabaco no era el único de nuestro despacho—, le daba por soltar parrafadas y encadenar no pocas bromas con grandes risas para celebrarlas, hasta que volvía a su mutismo de nuevo, ambas fases nimbadas por una especie de humareda o cúmulo desazonantes.) Si algo capté aquella noche fue porque el inglés hablado por el marido italiano era bastante más pastoso de lo que él se pensaba, y Tupra me requería (una veloz agitación de dos dedos, o sus cejas como tiznones solicitando auxilio) para que le lanzara un cable y les tradujera unas frases o alguna palabra clave cuando ambos se hacían un sostenido enredo y corrían ya grave riesgo de entender lo contrario de lo que recíprocamente se proponían o se concedían, o con que transigían.

El apellido Manoia me parecía meridional, más por intuición que por conocimiento, lo mismo que la pronunciación italiana del individuo (convertía consonantes sordas en sonoras, de modo que lo que uno le oía era, de hecho, 'ho gabido' enlugar de 'ho capito'), pero su pinta era más de mafioso romano —quiero decir vaticano— que siciliano o calabrés o napolitano. Las grandes gafas de violador o de funcionario aplicado, o de ambos tipos que no se excluyen, se las subía constantemente con el pulgar aunque no se le resbalasen, y la mirada le resultaba casi invisible por culpa de los extensos reflejos y de la incesante movilidad de sus ojos mates (café con leche, su color aproximado), como si tuviera dificultades para fijarlos más allá de unos segundos, o aversión a que se los escrutaran. Hablaba en voz baja pero sin duda potente, sería hiriente cuando la alzara y quizá por eso la atenuaba, con una mano sobre la otra pero sin apoyar los codos sobre la mesa ni siquiera uno, es decir que las aguantaba en el aire con obligada incomodidad al cabo de unos minutos, o puede que se tratara de una pequeña mortificación voluntaria, recordatoria, de católico integérrimo o tal vez negrérrimo, del ala más tenebrosa y del Cristo legionaria. Parecía manso y anodino en primera instancia, excepto por una barbilla demasiado larga (a prognato no llegaba) que a buen seguro lo habría llevado a incubar rencores de los más tenaces —esto es, sin destinatario— durante la adolescencia o incluso la infancia, a poco ensimismada o tediosa que hubiera tenido ésta; y en su forma de encoger ese mentón invasivo, mordiéndose la mucosa bucal más a diente, uno podía notar una mezcla de inveterada vergüenza jamás ahuyentada y de disposición general para la represalia, que debía de ejercer, no sé, a la menor provocación o pretexto y aun sin necesidad de ellos, como acostumbran los justicieros o los que lo son muy subjetivos. Un hombre irascible, aunque seguramente no tendría esa fama sino la de ponderado, porque la cólera no la dejaría salir casi nunca y sería él el único que se la conociera y se la ventilara, si es que vale este verbo para algo que se produciría tan sólo en su interior muy caldeado. Las pocas veces en que le aflorara la ira debían de ser temibles, no para presenciarlas.

A su mujer le habría tocado en alguna oportunidad posiblemente, pero sin ser ella el objeto, eso seguro, o de otro modo no se habría mostrado tan caprichosa ni tan desenvuelta, se debía de saber con plenaria indulgencia por adelantado, o total bula. Se la veía tan llena de inseguridades nuevas pese a todo ello —cada edad pilla por sorpresa siempre, por dentro todas tardan en cumplirse muchísimo; o será en alcanzarnos— que casi costaba no ser afectuoso con ella por encima de la considerable paliza que daba, a mí en especial, su entretenedor o juguete asignado para la velada. Sin duda la quería el marido, y eso le serviría de ayuda, pero para ciertos imparables avances o retrocesos no hay ayuda en el mundo que baste. Yo le había dado charla insustancial durante toda nuestra cena en Vong, muy cerca del Hotel Berkeley, o ella a mí es más exacto: era mujer nada tímida y habladora, en eso no había yo de esforzarme; pero de vez en cuando se detenía, cruzaba los brazos bajo su escote navigatorio para realzarlo —quiero decir que lucía blusa con cuello barco; o más bien era nave vikinga o canoa, en su concreto caso—, se me quedaba mirando con sonrisa amigable y a continuación daba paso, con aspaviento no exento de gracia —digamos la imitación de un reproche con causa—, a uno de sus antojos preferidos o más persistentes: Mi dica qualcosa di tenero, va, su, signor Deza', me pedía sin transición ni preámbulo, y eso que en el restaurante exótico aún no habíamos bailado ni me tuteaba. (O me llamaba más bien 'Detsa', sonaba así como lo pronunciaba.) 'Su, signor Deza, non sia cosí serioso, cosí antipático, cosí scontroso, cosí noioso, mi dica qualcosa di carino', el ataque de mimosidad le duraba un rato. Y así me ponía en el brete de idear algo tierno o bonito para soltárselo, sin tampoco incurrir en atrevimiento ni ofensa, como Tupra me había encarecido evitar al describírmela y perorar sobre ella el día antes en su despacho, con su ojo retrospectivo para las señoras, también certero temiblemente. De Manoia no me había contado apenas, o sólo de refilón, un rasgo clave; pero sí de su querida mujer Flavia, porque él, Reresby —Tupra llevó aquella noche ese nombre, quizá era el habitual para Italia, o para el Vaticano—, no iba a estar muy disponible para procurarle la distracción y el contento.