Jesús recorría el patio de uno a otro extremo con los puños apretados y el rostro congestionado. Vio a sus mujeres en un rincón, pálidas, y a sus hijos que lloraban, colgados de las faldas de sus madres.
– ¡Idos! ¡Dejadnos solos! -ordenó. Nervioso, el negrito se acercó para hablarle, pero Jesús lo rechazó colérico-: ¿No soy libre? ¡Ya no puedo contenerme y hablaré! -se volvió hacia Pablo y rugió con voz temblorosa-: ¿Qué Buena Nueva?
– Jesús de Nazaret… Habrás oído hablar de él; no era hijo de José y María, sino hijo de Dios. Bajó a la tierra y tomó un cuerpo de hombre para salvar a los hombres. Los inicuos sacerdotes y fariseos le apresaron, lo condujeron ante Pilatos y lo crucificaron. Pero al tercer día resucitó y subió al cielo. ¡La muerte ha sido vencida, hermanos; los pecados han sido perdonados y se abrieron las Puertas del Paraíso!
– ¿Viste resucitado a Jesús de Nazaret? -rugió Jesús-. ¿Lo viste con tus propios ojos? ¿Cómo era?
– Era un relámpago, un relámpago que hablaba.
– ¡Embustero!
– Sus discípulos lo vieron. Después de la crucifixión estaban reunidos en un desván, con las puertas cerradas, cuando súbitamente se presentó entre ellos, en pie, y les dijo: «¡Que la paz sea con vosotros!» Todos lo vieron y quedaron deslumbrados. Tomás no quería creer; tocó sus llagas con el dedo y le dio de comer pescado…
– ¡Embustero!
Pablo se había inflamado; su cuerpo encorvado se había puesto tenso y sus ojos despedían chispas.
– No nació de un hombre; su madre era virgen. El arcángel Gabriel descendió del cielo y le dijo: «¡Te saludo, María!», y sus palabras cayeron como una simiente en su seno. De ese modo nació Jesús.
– ¡Embustero! ¡Embustero!
Pablo se detuvo, perplejo. El negrito se levantó y echó el cerrojo de la puerta. Los vecinos habían oído los gritos, entreabrían las puertas y aguzaban el oído. Las dos mujeres habían vuelto al patio, llenas de miedo, pero el negrito volvió a encerrarlas en la casa. Jesús estaba fuera de sí y ya no podía dominar su corazón. Se acercó a Pablo, lo cogió del brazo y se puso a zarandearlo.
– ¡Embustero! ¡Embustero! -le gritó-. Yo soy Jesús de Nazaret; nunca me crucificaron, nunca resucité. Soy el hijo de María y de José el carpintero, de la aldea de Nazaret; no soy el hijo de Dios, sino un hombre como los demás, soy hijo de un hombre. ¿Qué significan estas blasfemias, estas infamias, estas mentiras? ¿Y piensas salvar el mundo con semejantes embustes, bellaco?
– ¿Tú? ¿Tú? -murmuró Pablo, atónito. Mientras el maestro Lázaro hablaba temblando de cólera, Pablo había percibido en sus manos y sus pies marcas azules, como marcas de clavos, y una herida en el costado izquierdo.
– ¿Qué te espanta, por qué miras mis manos y mis pies? Dios grabó en ellos las marcas que ves -Dios o la Tentación, aún no lo sé- mientras yo dormía. Soñé que estaba crucificado y que sufría, pero lancé un grito y me desperté. En seguida me tranquilicé. Lo que debía padecer despierto lo padecí en sueños…, ¡y así escapé a la crucifixión!
– ¡Cállate! ¡Cállate! -rugió Pablo, oprimiéndose las sienes para que no le estallaran;-. ¡Cállate!
Pero Jesús ya no podía callar. Parecía que sus palabras hubieran estado encerradas en su pecho desde hacía muchos años y que ahora, al abrirse su corazón, se derramaban. El negrito se colgó de su brazo:
– ¡Cállate! ¡Cállate! -le dijo, pero Jesús lo arrojó por tierra de un empujón y se volvió hacia Pablo:
– ¡Sí, sí, todo lo diré! ¡Necesito decirlo! Lo que debía padecer despierto lo padecí en sueños. Escapé así a la crucifixión y vine a vivir en esta aldea bajo otro nombre y con otro rostro. Vivo la vida corriente de los hombres: como, bebo y tengo hijos. Los grandes incendios se calmaron y soy ahora, como los demás, un fuego tranquilo; me agrada sentarme ante el hogar mirando cómo mi mujer cocina la comida de nuestros hijos. Salí a la conquista del mundo y eché anclas en este puerto hogareño. No tengo motivos de queja. Soy hijo de un hombre, te lo repito, y no hijo de Dios. Y no recorras el mundo predicando embustes. ¡Yo me levantaré y gritaré la verdad!
Pablo estalló a su vez:
– ¡Cierra esa boca desvergonzada! -le gritó, avanzando hacia él-. Cállate; si los hombres te escucharan se sentirían mutilados de brazos y piernas. En la podredumbre, la injusticia y la pobreza de este mundo, Jesús el Crucificado, Jesús el Resucitado era el único y precioso consuelo del hombre honrado y oprimido. ¿Qué importa que sea mentira o verdad? ¡Basta con que el mundo se salve!
– Más vale que el mundo se pierda por la verdad que se salve por la mentira. En el corazón de semejante redención está el gran Gusano, Satán.
– ¿Qué es la verdad? ¿Qué es la mentira? La verdad es lo que da alas al hombre, lo que crea las grandes acciones y las grandes almas y lo que hace que nos elevemos sobre la tierra. Y la mentira es lo que corroe las alas del hombre.
– ¿No vas a callarte, hijo de Satán? Las alas de que hablas son alas de Lucifer.
– No me callaré. Me burlo de las verdades y de las mentiras, de haberte o de no haberte visto, de que hayas sido crucificado o no lo hayas sido. A fuerza de obstinación, pasión y fe forjo la verdad. No me esfuerzo por encontrarla; la fabrico. Y la fabrico más alta que la estatura del hombre, con lo cual elevo al hombre. Es necesario, ¿entiendes?, es absolutamente necesario que tú seas crucificado para que el mundo se salve, y yo te crucificaré, lo quieras o no; es necesario que resucites, y yo te resucitaré, lo quieras o no. Puedes quedarte en esta aldea fabricando cunas, amasaderas y niños. Por mi parte, sábelo, forzaré al aire a tomar tu forma, a transformarse en tu cuerpo coronado de espinas, clavado en la cruz y bañado de sangre. Tu cuerpo forma parte ahora de los instrumentos de la salvación y no podemos prescindir de él. Innumerables ojos se alzarán desde los confines del mundo y te verán crucificado en el aire. Llorarán y las lágrimas purificarán a las almas de todos sus pecados. Pero al tercer día te resucitaré, porque sin resurrección no hay salvación. El último y más terrible enemigo es la muerte. La aboliré. ¿Cómo? Resucitándote, Jesús, hijo de Dios, Mesías!
– ¡No es cierto! Me levantaré y gritaré a todos los vientos: «¡No estoy crucificado, no resucité, no soy hijo de Dios!» ¿Por qué te ríes?
– Grita cuanto quieras, si ello te divierte. No me inspiras temor y, además, ni siquiera te necesito ya. La rueda que has puesto en movimiento corre rápidamente y nadie puede detenerla. Te confieso que por un instante tuve deseos, al oírte, de caer sobre ti y estrangularte, temiendo que fueras a proclamar por el mundo quién eres y que los pobres hombres comprobaran así que no fuiste crucificado. Pero inmediatamente me tranquilicé. Podrás gritar cuanto quieras… ¡Lo único que lograrás, en el mejor de los casos, es que tus fieles te quemen en la hoguera por blasfemo!
– Yo no dije más que una sola cosa, no traje más que un mensaje: «Amor.» Amor…, y nada más.
– Dijiste «Amor» y liberaste a todos los ángeles y todos los demonios que duermen en el seno del hombre. No es, como pareces creer, una palabra sencilla y apacible. Encierra mucha sangre, encierra ejércitos que se matan unos a otros y ciudades que arden. Encierra ríos de sangre y ríos de lágrimas. El rostro de la tierra ha cambiado. Puedes desgañitarte y gritar cuanto quieras: «¡Yo no quise decir esto! ¡Esto no es amor! ¡No os matéis! ¡Todos somos hermanos, deteneos!» Pero no por ello creas que van a detenerse, desdichado. ¡La rueda está en movimiento!
– Ríes como un demonio.
– Río como un apóstol. Seré tu apóstol, lo quieras o no. Te fabricaré una vida y fabricaré tu enseñanza, tu crucifixión y tu resurrección según yo las entienda. No te engendró José, el carpintero de Nazaret, sino yo, Pablo de Tarso, en Cilicia.
– ¡No quiero! ¡No quiero!
– ¿Quién te pide tu opinión? No necesito tu permiso. No tienes derecho a mezclarte en mi trabajo.