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Graduó el volumen y reprimió el deseo de arrancar el botón barato de la televisión de mierda que tenían; después volvió a la tabla de planchar. Hacía una media hora que Dave había salido con Michael para comprarle unas rodilleras y una máscara. Le había dicho que ya oiría las noticias por la radio, pero Celeste ni se había molestado en mirarle a los ojos para ver si le mentía. Michael, con lo bajo y delgado que era, había demostrado ser un receptor excelente; su entrenador, el señor Evans, lo había calificado de «portento» y le había dicho que, considerando su edad, tenía un «misil balístico» por brazo. Celeste pensó en los niños que había conocido en su propia infancia y que jugaban en la misma posición; solían ser niños corpulentos, con nariz chata y sin incisivos, y le expresó sus temores a Dave.

– Las máscaras que fabrican hoy en día, cariño, son como jaulas para tiburón. Si las golpearas con una carretilla, sería ésta la que se rompiera.

Había tardado un día en pensárselo y en comunicarle a Dave lo que había decidido. Michael podría jugar de receptor o en cualquier otra posición siempre que tuviera el mejor equipo posible y, ahí estaba el punto clave, si nunca se dedicaba al rugby profesional.

Dave, que nunca había jugado al rugby, asintió después de una discusión superficial de tan sólo diez minutos.

Así pues, habían salido a comprar el equipo para que Michael pudiera seguir los pasos de su padre; mientras tanto, Celeste no apartaba los ojos del televisor, y mantenía la plancha en alto sobre una camisa de algodón en el instante en que terminaba un anuncio de comida para perros y que volvían las noticias.

Ayer por la noche en AlIston -declaró el presentador y a Celeste le dio un vuelco el corazón-, una estudiante de segundo curso de la Universidad de Boston fue agredida por dos hombres a la salida de un local nocturno muy popular. Las fuentes dicen que la víctima, Carey Whitaker, fue atacada con una botella de cerveza y en este momento se encuentra en estado crítico en…

En aquel momento, mientras le llovían hacia adentro del escote terroncitos de arena húmeda, tuvo la sensación de que no iban a decir nada sobre la agresión o el asesinato de un hombre delante del Last Drop. Y cuando empezaron con la información meteorológica y anunciaron que después pasarían a los deportes, ya no tenía ninguna duda.

Por entonces, ya tenían que haber encontrado al hombre. En el caso de que hubiera muerto («Cariño, es posible que haya matado a un hombre»), los periodistas ya se habrían enterado a través de las fuentes informativas del distrito, por los informes policiales o escuchando las radios de los coches patrulla.

Existía la posibilidad de que Dave hubiera sobrestimado el alcance de su agresión al atracador. O tal vez dicho atracador, o quienquiera que fuera, hubiera conseguido arrastrarse hasta algún lugar para lamerse las heridas, cuando Dave se marchó, A lo mejor lo que había visto colarse por el desagüe del fregadero la noche anterior no eran trozos de cerebro. Pero ¿de dónde venía toda aquella sangre? ¿Cómo era posible que alguien pudiera sobrevivir, y mucho menos seguir andando, después de haber perdido tanta sangre?

Cuando hubo acabado de planchar el último par de pantalones y ya lo había guardado todo en su propio armario, en el de Dave yen el de Michael, regresó a la cocina y se quedó de pie en medio, sin saber qué iba a hacer a continuación. Retransmitían un partido de golf por la televisión; los golpes suaves de la pelota y el sonido seco y apagado de los aplausos calmaron por un momento algo que había dentro de ella y que le había inquietado toda la mañana. Era algo más que sus problemas con Dave y el hecho de que su historia no cuadrara; aun así, al mismo tiempo tenía algo que ver con todo aquello, con la noche pasada y por haberlo visto entrar cubierto de sangre por la puerta del lavabo, toda aquella sangre que le goteaba de los pantalones y que manchaba las baldosas, brotando de la herida y tiñéndose de rosa mientras giraba camino del desagüe.

El desagüe. Eso era lo que había olvidado. La noche anterior le había dicho a Dave que limpiaría con lejía las tuberías de debajo del fregadero para eliminar todo rastro de pruebas. Se puso a ello de inmediato; se arrodilló en el suelo de la cocina, abrió el armario de debajo del fregadero y se quedó mirando los productos de limpieza y los trapos hasta que vio la llave inglesa en la parte trasera del armario. Fue a alcanzarla, intentando no hacer caso de la fobia que sentía cada vez que tenía que meter la mano allí dentro; siempre tenía esa sensación irracional de que había una rata esperándole debajo del montón de trapos, esnifando el aire al olerle la piel, levantando el hocico de entre los trapos, con los bigotes temblorosos…

Agarro la llave inglesa con rapidez, y después la sacudió entre los trapos y los productos de limpieza, a sabiendas de que el miedo que tenía era infundado, pero con determinación, que por algo las llamaban fobias. No le gustaba nada tener que meter la mano en lugares bajos y oscuros. Rosemary había tenido un miedo atroz a los ascensores; su padre había detestado las alturas, y a Dave le daban sudores fríos cada vez que tenía que ir al sótano.

Colocó un cubo debajo de la tubería por si salía un exceso de agua. Se puso boca arriba, levantó el brazo y desenroscó el sifón con la llave inglesa; después le fue dando vueltas con la mano hasta que se soltó, y el agua empezó a caer a borbotones dentro del cubo de plástico. Por un instante temió que la cantidad de agua fuera a rebasar el cubo, pero enseguida se convirtió en un simple goteo, y vio cómo un montoncito oscuro de pelos y unos cuantos granos de maíz caían al cubo después del agua. A continuación, tenía que desenroscar la tuerca más cercana a la pared trasera del armario; eso le costó un buen rato, pues se resistía, y IIegó un momento en que Celeste tuvo que empujar con los pies en el suelo del armario y que estirar de la llave inglesa con tanta fuerza que por un instante tuvo miedo de que ésta o su muñeca se fueran a partir en dos. Al cabo de un rato la tuerca cedió, tan sólo una fracción de centímetro, con un chirrido estridente y metálico; Celeste volvió a colocar la llave inglesa, estiró de nuevo y consiguió que la tuerca diera dos vueltas, pero se le seguía resistiendo.

Unos minutos más tarde el tubo entero del desagüe estaba frente a ella, en el suelo de la cocina. Tenía el pelo y la camisa empapados de sudor, pero experimentaba un sentimiento de logro que rayaba con el triunfo, como si hubiera estado luchando contra algo recalcitrante e indiscutiblemente masculino, músculo contra músculo, y hubiera ganado, Entre el montón de trapos encontró una camisa que le quedaba pequeña a Michael; la retorció con las manos hasta que pudo meterla por la tubería. La pasó por el interior varias veces hasta que tuvo el convencimiento que allí dentro sólo quedaban restos de herrumbre; después colocó la camisa en una bolsita de plástico. Cogió la tubería y una botella de lejía y salió al porche trasero; una vez allí, echó lejía por un extremo de ella, y dejó que el líquido saliera por el otro lado y fuera a parar a la tierra seca y enmarañada de una maceta cuya planta había muerto el verano anterior y que llevaba allí todo el invierno esperando que se deshicieran de ella.

Cuando hubo acabado volvió a colocar la tubería; le pareció mucho mas fácil colocarla de lo que le había parecido sacarla, y enroscó

El sifón de nuevo. Encontró la bolsa de basura en la que había guardado la ropa de Dave la noche anterior y añadió la bolsa con la camisa hecha jirones de Michael; después coló el contenido del cubo de plástico, lo tiró en el retrete, limpió el colador con un trozo de papel higiénico y tiró el papel dentro de la bolsa que contenía todo lo demás.

Así pues, allí estaban todas las pruebas.

O como mínimo, todas las pruebas que ella podía eliminar. Si Dave le había mentido sobre el cuchillo, sobre no haber dejado huellas dactilares en ninguna parte, o sobre los posibles testigos de su… ¿crimen? ¿defensa propia?, entonces no podría hacer nada por ayudarle. Sin embargo, ella había aceptado el desafío en su propia casa. Había transigido con todo lo que él le había impuesto desde que llegara a casa la noche anterior y lo había solucionado. Lo había conseguido. Volvía a sentirse mareada y poderosa, más entusiasta y más útil que nunca, y se dio cuenta, de forma repentina y agradable, de que aún era joven Y fuerte, y que desde luego no era una tostadora desechable ni ningún aspirador roto. Había sobrevivido a la muerte de sus padres, a años de problemas financieros, al susto de la neumonía de su hijo cuando éste sólo contaba con seis meses de edad, y no por ello se había vuelto más débil, tal y como había creído, sino que estaba sólo más cansada, pero aquello iba a cambiar ahora que había recordado quién era. Y, sin lugar a dudas, era una mujer que no se acobardaba ante los problemas, sino que los afrontaba y que decía: «De acuerdo, sácalo. Saca lo peor de tu persona. Ya me volveré a levantar, siempre. No tengo ninguna intención de marchitarme y morir; así que, ten cuidado».