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Una guirnalda de reflejos escarlatas se extendía sobre Bahía Azul cuando, poco antes del anochecer, Simone Sauvelle llamó suavemente a su puerta.

– Adelante.

Su madre cerró la puerta a sus espaldas y realizó una rápida radiografía de la situación. Todos los vestidos de Irene estaban tendidos sobre el lecho. Su hija, ataviada con una simple camiseta blanca, contemplaba desde la ventana las luces lejanas de los barcos en el canal. Simone observó el esbelto cuerpo de lrene y sonrió para sí.

– El tiempo pasa y no nos damos cuenta, ¿eh?

– No me entra ni uno solo. Lo siento -repuso lrene-. Y lo he intentado.

Simone se acercó hasta la ventana y se arrodilló iunto a su hija. Las luces del pueblo en el centro de la bahía dibujaban acuarelas de luz sobre las aguas. Por un instante, ambas contemplaron el espectáculo sobrecogedor del crepúsculo sobre Bahía Azul. Simone acarició el rostro de su hija y sonrió.

– Creo que este sitio nos va a gustar. ¿Tú qué dices? -preguntó.

– ¿Y nosotros? ¿Vamos a gustarle nosotros a él?

– ¿A Lazarus?

Irene asintió.

– Somos una familia encantadora. Nos adorará -respondió Simone.

– ¿Estás segura?

– Más nos vale, jovencita.

Irene señaló su vestuario.

– Ponte uno de los míos -sonrió Simone-. Me parece que te sentarán mejor que a mí.

Irene se sonrojó ligeramente. -Exagerada -le recriminó a su madre.

– Tiempo al tiempo.

La mirada que Dorian dedicó a su hermana cuando la vio aparecer al pie de la escalera, envuelta en un vestido de Simone, hubiera ganado concursos. Irene clavó sus ojos verdes en Dorian y, alzando un dedo índice amenazador, le dirigió una velada advertencia:

– Ni una palabra.

Dorian, mudo, asintió, incapaz de despegar los ojos de aquella desconocida que hablaba con la misma voz que su hermana Irene y lucía su mismo rostro. Simone advirtió su semblante y reprimió una sonrisa. Luego, con solemne seriedad, colocó una mano sobre el hombro del muchacho v se arrodilló frente a él para arreglar su pajarita morada, herencia de su padre.

– Vives rodeado de mujeres, hijo. Ve acostumbrándote.

Dorian asintió de nuevo, entre la resignación y el asombro. Cuando el reloj de la pared anunció las ocho de la noche, todos estaban listos para la gran cita y enfundados en sus mejores galas. Por lo demás, muertos de miedo.

Una tenue brisa soplaba desde el mar y agitaba la espesura en el bosque que rodeaba Cravenmoore. El siseo invisible de las hojas acompañaba el eco de los pasos de Simone y sus hijos en la senda que atravesaba la arboleda, un verdadero túnel tallado entre una jungla oscura e insondable. La pálida tez de la luna pugnaba por atravesar el sudario de sombras que cubría el bosque. Las voces invisibles de los pájaros que anidaban en las copas de aquellos gigantes centenarios formaban una inquietante letanía.

– Este sitio me da escalofríos -apuntó Irene.

– Tonterías -se apresuró a atajar su madre-. Es simplemente un bosque. Andando.

Dorian contemplaba en silencio las sombras de la floresta desde su posición de retaguardia. La oscuridad creaba siniestras siluetas y catapultaba su imaginación a dilucidar docenas de criaturas diabólicas al acecho.

– A la luz del día todo esto no son más que matojos y árboles -matizó Simone Sauvelle, pulverizando el hechizo fugaz con que Dorian se estaba deleitando.

Unos minutos más tarde, tras una travesía nocturna que a Irene se le antojó interminable, la imponente y angulosa silueta de Cravenmoore se alzó frente a ellos como un castillo de leyenda que emergía en la niebla. Haces de luz dorada parpadeaban tras los grandes ventanales de la inmensa residencia de Lazarus Jann. Un bosque de gárgolas se recortaba contra el cielo. Más allá podía distínguirse la fábrica de juguetes, un anexo de la mansión.

Rebasado el umbral de la floresta, Simone y sus hijos se detuvieron a contemplar la sobrecogedora inmensidad de la residencia del fabricante de juguetes. En ese momento, un pájaro semejante a un cuervo emergió de la maleza, aleteando, y trazó una curiosa trayectoria sobre el jardín que rodeaba Cravenmoore. El ave voló en círculos sobre una de las fuentes de piedra y fue a posarse a los pies de Dorian. Al cesar el batir de sus alas, el cuervo se tendió sobre uno de sus costados y se abandonó a un lento balanceo hasta quedar inerte. El muchacho se arrodilló y aproximó lentamente su mano derecha al animal.

– Ten cuidado -le advirtió Irene.

Dorian, ajeno a su consejo, acarició el plumaje del cuervo. El pájaro no dio señales de vida. El chico lo tomó en sus manos y desplegó sus alas. Un gesto de perplejidad oscureció su rostro. Segundos después, se volvió hacia Irene y Simone:

– Es de madera -murmuró-. Es una máquina. Los tres intercambiaron una mirada en silencio.

Simone suspiró e invitó a sus hijos:

– Vamos a causar una buena impresión. ¿De acuerdo?

Ellos asintieron. Dorian devolvió el pájaro de madera al suelo. Simone Sauvelle sonrió débilmente y, a su setíal de asentimiento, los tres enfilaron la escalinata de mármol blanco que serpenteaba hacia el gran portón de bronce, tras el cual se ocultaba el mundo secreto de Lazarus Jann.

Las puertas de Cravenmoore se abrieron ante ellos sin necesidad de utilizar el extraño llamador forjado en bronce a imagen y semejanza del rostro de un ángel. Un intenso halo de luz áurea emanaba del interior de la casa. Una silueta inmóvil aparecía recortada en el haz de claridad. La figura cobró vida súbitamente ladeando la cabeza, al tiempo que se oía un ligero traqueteo mecánico. El rostro afloró a la luz. Ojos sin vida, simples esferas de cristal, enclaustrados en una máscara sin más expresión que una escalofriante sonrisa, los contemplaban.

Dorian tragó saliva. Irene y su madre, más impresionables, dieron un paso atrás. La figura tendió una mano hacia ellos y permaneció inmóvil de nuevo. -Confío en que Christian no los haya asustado. Es una creación antigua y torpe.

Los Sauvelle se volvieron hacia la voz que les hablaba desde el pie de la escalinata. Un rostro amable, de camino a una afortunada madurez, les sonreía no sin cierta picardía. Los ojos del hombre eran azules y brillaban bajo una espesa mata de cabellos plateados y cuidadosamente peinados. El hombre, pulcramente trajeado, con un bastón de ébano policromado, se acercó a ellos y les dedicó una respetuosa reverencia.

– Mi nombre es Lazarus Jann, y creo que les debo una disculpa -dijo.

Su voz era cálida, confortante, una de esas voces dotadas de un poder tranquilizador y una rara serenidad. Sus grandes ojos azules observaron detenidamente a cada uno de los miembros de la familia y, finalmente, se posaron en el rostro de Simone.

– Estaba dando mi habitual paseo nocturno por el bosque y me he retrasado. Madame Sauvelle, si no me equivoco…

– Es un placer, señor.

– Por favor, llámeme Lazarus.

Simone asintió.

– Ésta es mi hija Irene. Y éste es Dorian, el benjamín de la familia.

Lazarus Jann estrechó cuidadosamente las manos de ambos. Su tacto era firme y agradable; su sonrisa, contagiosa.

– Bien. Respecto a Christian, no deben temerlo en absoluto. Lo mantengo como un recuerdo de mi primera época. Es torpe y su aspecto dista de ser amigable, lo sé.

– ¿Es una máquina? -se apresuró a preguntar Dorían, fascinado.

La mirada de censura de Simone llegó tarde. Lazarus sonrió al muchacho.

– Podríamos llamarlo así. Técnicamente, Christian es lo que denominamos un autómata.

– ¿Lo construyó usted, señor?

– Dorian -recriminó su madre.

Lazarus sonrió de nuevo. Evidentemente, la curiosidad del muchacho no le molestaba en absoluto.

– Sí. A él y a otros muchos. Ése es, mejor dicho, ése era mi trabajo. Pero creo que la cena nos espera. ¿Qué tal si discutimos todo esto frente a un buen plato y así nos vamos conociendo mejor?