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Lady Dorring, que ese día había estado en cama desde temprano, al borde de un ataque de nervios, revivió completamente para la hora de cenar, cuando llegó a sus oídos la noticia de que su nieta había recapacitado.

– No sé qué mosca te había picado, Sophy -dijo lady Dorring mientras examinaba el guisado escocés que Hundley, el mayordomo, había presentado en la mesa. Durante las comidas, el hombre también reforzaba al personal doméstico actuando como un sirviente más-. Rechazar al conde es algo absolutamente incomprensible. Gracias al cielo que arreglaste todas las cosas. Permíteme decirte, jovencita, que tendríamos que sentirnos más que agradecidos de que Ravenwood sea tan tolerante con tus caprichos.

– Con esto tenemos un gran respiro, ¿no? -murmuró Sophy.

– Y -exclamó Dorring desde la cabecera de la mesa-, ¿qué quieres decir con eso?

– Sólo que no he dejado de preguntarme por qué el conde habrá querido pedir mi mano, en primer lugar.

– ¿Y por qué no habría de haberlo hecho? -preguntó lady Dorring-. Eres una muchacha bonita y provienes de una buena familia, respetable.

– Yo he tenido mi presentación en sociedad, abuela, ¿lo recuerdas? He visto lo hermosas que son las muchachas de la ciudad. Ni punto de comparación conmigo. Hace cinco años no pude competir con ellas y no hay razón para creer que ahora suceda lo contrario. Tampoco tengo ninguna fortuna considerable como para ofrecer como dote.

– Ravenwood no necesita casarse por dinero -dijo lord Dorring con toda sinceridad-. De hecho el dinero que ha ofrecido por el matrimonio es más que generoso. Extremadamente generoso.

– Pero él podría casarse por tierras, por dinero o por belleza si así lo quisiera -dijo Sophy pacientemente-. La pregunta que no he dejado de hacerme es por qué no lo ha hecho. ¿Por qué yo? ¡Qué encrucijada tan interesante!

– Sophy, por favor -dijo lady Dorring con un tono de dolor-. No hagas preguntas tontas. Eres un encanto y bastante presentable.

– Encantadoras y presentables son cualidades que definen a la mayoría de las muchachas de la alta sociedad, pero la ventaja que tienen muchas de ellas es que son más jóvenes que yo. Yo sabía que tenía que haber algo en mi favor para atraer la atención del conde de Ravenwood. Estaba interesada en descubrir qué era. Me resultó muy simple cuando me puse a analizarlo.

Lord Dorring la miró con genuina curiosidad, una curiosidad que no fue para nada halagadora.

– ¿Y qué crees que sea, muchacha? Por supuesto que yo te quiero. Eres una nieta bastante buena y todas esas cosas, pero debo confesar que yo también me pregunté por qué el conde se habría interesado en ti.

– ¡Theo!

– Lo siento, cariño, lo siento -se apresuró Dorring a disculparse con su airada esposa-. Sólo tengo curiosidad, ya sabes.

– También yo -dijo Sophy-. Pero creo que ya he dado en el clavo respecto de los motivos de Ravenwood. Veréis, yo tengo tres cualidades esenciales que él cree que necesita. En primer lugar, le resulto conveniente porque, tal como dijo la abuela, soy de una familia respetable. Probablemente, Ravenwood no quería perder demasiado tiempo en elegir una segunda esposa. Tengo la sensación de que hay cosas mucho más importantes que le preocupan.

– ¿Como por ejemplo? -preguntó Dorring.

– Elegir una nueva amante o un nuevo caballo o alguna nueva parcela de tierra. Para el conde, hay mil cosas que puedas imaginarte que son prioritarias antes que buscarse una esposa adecuada.

– ¡ Sophy!

– Me temo que es cierto, abuela. Ravenwood invirtió el menor tiempo posible en hacer su propuesta. Debes admitir que no he recibido un trato para nada parecido al que un hombre dispensa a una mujer cuando le hace la corte.

– Bueno, eh… -interrumpió lord Dorring-. No puedes criticar al hombre por no haberte traído flores o poemas de amor. Ravenwood no me parece un romántico.

– Creo que tienes toda la razón del mundo, abuelo. Ravenwood no es ningún romántico. Sólo ha venido a Chesley Court en contadas oportunidades y nos invitó a la Abadía dos veces nada más.

– Ya te he dicho que no tiene tiempo para dedicar a esas trivialidades -dijo lord Dorring, obviamente sintiéndose en el compromiso de defender al otro hombre-. Tiene tierras que atender y también me he enterado de que está en un proyecto de construcción en Londres. Es un hombre ocupado.

– Justamente, abuelo -dijo Sophy con una sonrisa. Pero continuemos. La segunda razón por la que el conde me encuentra adecuada es por mi avanzada edad. Estoy convencida de que él cree que cualquier mujer que esté soltera a esta edad debe sentirse inmensamente agradecida hacia el valiente hombre que le ahorre la molestia de quedarse para vestir santos. Y por supuesto, una esposa agradecida es una esposa manejable.

– No creas que es tan así -dijo el abuelo, reflexionando-. En realidad, él cree que una mujer de tu edad es mucho más sensata y madura que cualquier jovencita que tiene pajaritos en la cabeza con todas esas cosas del romanticismo. Me parece que esta misma tarde comentó algo al respecto.

– ¡Pero Theo! -estalló la esposa.

– Puede que tengas razón -dijo Sophy a su abuelo-. Quizás él pensaba que yo sería mucho más madura que cualquier jovencita de diecisiete años que acaba de terminar la escuela. Sea cual fuere el caso, debemos coincidir en que mi edad fue otro de los factores que le ayudó a tomar su determinación. Pero me parece que la tercera, última y en mi opinión, la más importante de las razones por las que me eligió a mí y no a otra, es porque no me parezco ni en lo más mínimo a su esposa anterior.

Lady Dorring casi se atragantó con el huevo escalfado que acababan de ponerle frente a ella.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– No es ningún secreto que el conde de Ravenwood está más que hastiado de las mujeres hermosas que lo único que le ocasionan son problemas. Todos sabíamos que lady Ravenwood tenía la costumbre de llevarse sus amantes a la Abadía. Y si lo sabíamos nosotros, podéis estar bien seguros de que el conde también. Sin hablar de lo que pasaba en Londres.

– Eso es un hecho -barbotó lord Dorring-. Si se comportaba así en el campo, debe de haber convertido en un infierno la vida del pobre Ravenwood en la ciudad. Me enteré de que él tuvo que arriesgar su joven cuello en un par de duelos por ella. No se le puede culpar por que quiera procurarse una segunda esposa que no ande por ahí, atrayendo a otros hombres.

No te ofendas, Sophy, pero tú no eres la clase de muchacha que dé esa impresión, de modo que él no tendrá que preocuparse en ese aspecto. Espero que lo sepa.

– Ojalá vosotros dos dejarais esta conversación tan insolente de una vez por todas -anunció lady Dorring. Era evidente que tenía pocas esperanzas de que le obedecieran.

– Ah, abuela, el abuelo tiene razón. Yo soy perfecta para convertirme en la futura condesa de Ravenwood. Después de todo, soy una chica de campo y se da por sentado que me sentiré feliz de pasar la mayor parte de mi tiempo en Ravenwood. Y no llevaré a mis amantes escondidos entre las faldas dondequiera que vaya. Fui un fracaso rotundo la única vez que me presenté en sociedad en Londres, y presumiblemente lo sería mucho más aun si volviera a hacerlo. Lord Ravenwood puede quedarse bien tranquilo de que no necesitará desperdiciar su tiempo espantándome los admiradores, pues no habrá ninguno.

– Sophy -dijo lady Dorring, con refinada dignidad-, ya es suficiente. No toleraré ni una sola palabra más de esta ridícula conversación. Está totalmente fuera de lugar.

– Sí, abuela, pero ¿no has notado que las conversaciones que están fuera de lugar son las más interesantes?

– Ni una palabra más por tu parte, niña- Y lo mismo va para ti, Theo.

– Sí, cariño.

– Ignoro -les informó lady Dorring ominosamente-, si vuestras conclusiones respecto de las razones de Ravenwood para casarse con Sophy son correctas o no, pero sí sé que él y yo coincidimos en un punto: tú, Sophy, tendrías que sentirte extremadamente agradecida hacia el conde.

– En una ocasión tuve la oportunidad de sentirme agradecida hacia Su señoría -dijo Sophy-. Fue la vez en que él, muy galantemente se paró delante de mí, en un baile al que asistí durante mi temporada de presentación en sociedad. Recuerdo muy bien el evento. Fue la única vez que bailé toda la velada. No creo que él ni siquiera lo recuerde. No hizo otra cosa más que mirar por encima de mi hombro para ver con quién estaba bailando su preciosa Elizabeth.

– Ya deja de preocuparte por la primera lady Ravenwood. Ya no existe -dijo lord Dorring con su habitual actitud directa en tales cuestiones-. Sigue mi consejo: no provoques a Ravenwood, jovencita, y te llevarás bien con él. No pretendas de él más de lo razonable y será un buen esposo para ti. Ese hombre cuida de sus tierras y también cuidará de su esposa- Sabe proteger lo que es suyo.

Indudablemente su abuelo tenía razón, concluyó Sophy mientras estaba acostada, sin poder dormirse, en su cuarto. Tenía la certeza de que si no lo provocaba, Ravenwood no sería peor que la mayoría de los maridos. De todos modos, lo más factible era que no lo viera muy seguido. Durante el transcurso de su única temporada de presentación en sociedad, se había enterado de que los cónyuges de la clase alta tenían por costumbre llevar vidas separadas.

Pero eso sería una ventaja en su caso, pues tenía intereses propios que atender. Como esposa de Ravenwood, tendría el tiempo y las oportunidades para realizar las investigaciones por la pobre Amelia. Sophy juró que algún día lograría rastrear al hombre que había seducido y abandonado a su hermana.

En los últimos tres años, Sophy había tratado de seguir el consejo de la vieja Bess y olvidar la muerte de su hermana. Su ira del primer momento fue lentamente transformándose en una resignada aceptación de los hechos. Después de todo, estando atada allí en el campo, tenía muy pocas esperanzas de hallar y enfrentarse al desconocido responsable del hecho.

Pero las cosas serían diferentes si se casaba con el conde. Inquieta, Sophy aparró las mantas de la cama y se levantó. Caminó descalza sobre la alfombra gastada y abrió el pequeño joyero que tenía sobre la cómoda. Le resultó fácil introducir la mano y tomar el anillo de metal negro sin necesidad de encender una vela. Lo había tocado tantas veces que era capaz de reconocerlo a tientas. Sus dedos se cerraron alrededor de él. Lo sintió duro y frío cuando lo extrajo del joyero. Percibió la impresión del extraño diseño triangular del anillo contra la palma de su mano.